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Contar la propia historia requiere de un valor a toda prueba. Es cierto que el ejercicio es liberador, pero en el proceso de reconstruir las imágenes decenas de demonios abren fauces para escupir la verdad, y su aliento es a veces terrible.Mi familia me permitió, en ocasiones con su anuencia y otras a través de sus silencios, reproducir en estas páginas la etapa más triste de nuestro pasado reciente. Este es un relato colectivo, escrito desde el dolor y la distancia, que en muchos sentidos intenta resumir lo mejor que nos pasó en la vida: formar parte del clan de la Wawa, como sus nietos llamaron cariñosamente a mi madre.A través del ejercicio de escribir aprendà que el duelo no es un proceso, sino una transición. Quizá por eso aceptar que no volverÃa a tocar a mi hermana, que solo podrÃa a escuchar su voz en sueños y que a pesar de lo inaudito de su ausencia el mundo seguirÃa existiendo, me llevó casi cuatro años. Tardé demasiado en comprender que a veces todo comienza de nuevo asà sin más, y que lo más asombroso de la muerte es que quienes nos quedamos atrás podemos seguir viviendo. La tarde en que volamos sus cenizas me reconocà entrando en la etapa de la aceptación, un estado de calma que me permitió por fin afrontar la pérdida.
Esta es la historia de Reyes Padilla, un cuate que pudo haber sido del montón entre los casi dos millones de habitantes que pueblan su ciudad. Señalado por su familia al nacer con una malformación en los pies, acarreó durante años el sÃndrome del mal augurio como un estigma inamovible en su condición de hombre maldito. Pero nada es para siempre, dicen por ahÃ, y a punto de cumplir los treinta habrÃa de enterarse de que el destino está hecho con un tipo de material muy maleable. Su suerte cambió con la ayuda de circunstancia y azar, no se sabe si para bien o para mal, mientras la vida le ponÃa toda clase de pruebas perversas.
Las nalgas inmensas pero firmes de Delicia se colaban por los hoyuelos de la silla tejida en bejuco. Una mezcla feroz entre negro africano y nodriza holandesa predominaba en las hojas hÃbridas de su árbol genealógico. HabÃa recibido en herencia la piel lustrosa de una yegua y los ojos azules de las recolectoras de tulipanes, de modo que era una mujer enorme, tosca y desafiante como un temblor de tierra, aunque bien proporcionada para su 1.90 de altura. Javier, en cambio, era un tipo de estatura promedio, complexión delgada y modales prudentes. TenÃa para los negocios la destreza del adivino y una fortuna tan rabanera, que tres generaciones de vagos alcanzarÃan a vivir holgadamente de ella sin trabajar. Nadie comprendÃa su necesidad de atesorar el dinero como si no tuviera para comer al dÃa siguiente.Entre amores prohibidos y escándalos dignos de portada, los personajes de estas historias han sido creados a partir situaciones inverosÃmiles que bien pudieron haber sucedido en un dÃa cualquiera. La moral, las buenas costumbres y el qué dirán se dejan para otra ocasión. Con gran contenido de sarcasmo y un poco de sentido común los cuentos que integran esta colección no tienen mayor propósito que el de entretener al amable lector.
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