Om El caminante de La Pedriza
Quisiera explicar dos cosas: la primera es por qué escribo este libro y cuál es mi intención al hacerlo; la segunda, es dar al lector una idea de la estructura del escrito que se dispone a leer. Antes de nada, quiero aclarar que todo lo que sabemos es fragmentario; nuestro pensamiento se sustenta sobre construcciones lingüÃstico-culturales, determinadas por una época. Si prestamos atención a la información que nos llega, descubriremos que en el mundo actual estamos pasando de la ética a la estética; de lo profundo a lo superficial. Lo compruebo cuando hablamos de La Pedriza; la montaña la vemos como "una cosa". No como lugar de vida, de encuentro con la naturaleza. La montaña se la considera como un parque temático. No se la trata como algo vivo, que aporta vida. No es "una cosa" que está para aprovecharla y luego abandonarla. Estamos en una época en la que sólo vale lo que perciben los sentidos, lo que me gusta aquà y ahora; se olvida que el caminar sintiendo la naturaleza es el gesto más humano y mitológico. Desde el principio de los tiempos los hombres se desplazaron andando. Las nuevas generaciones consideran, y quizá tengan razón, que hay que estar loco para ir andando a los sitios, sobre todo, cuando se han hecho todo tipo de inventos técnicos para conseguir que no tengamos que andar. "Podemos ir en coche, se llega antes y sin esfuerzo", esto es lo que piensan algunos. Para ellos, caminar es algo monótono, en parte porque la vida que llevamos se parece más a una pantalla que se puede ver todo y cambiar de imagen muy rápidamente. Cuando andamos los paisajes evolucionan muy lentamente, no puedes cambiar de pantalla porque te aburres. Para algunas personas, caminar, es lo más opuesto que puede haber al placer, porque de manera espontánea tendemos a comparar el placer con una excitación. No pueden entender el placer de observar, de sentir el agua entre las manos, el contemplar el paisaje desde las alturas. Este placer es para los pocos que ven la vida sin prisa y como descubrimiento del mundo material, no del digital. Son dos mundos muy distintos. Dicho esto, descubrir el placer de andar puede ser algo totalmente exótico en nuestra sociedad. Como exóticos son los que disfrutan de compartir paseo, comida y charla sin prisa descubriendo la montaña. En agradecimiento a la gente que disfruta de la montaña y con la que he compartido y comparto mis marchas escribo este libro. AllÃ, uno descubre una dimensión de la existencia que hoy en dÃa está prácticamente proscrita: la lentitud. Descubrà la lentitud del caminar en mis paseos por La Pedriza y en las lecturas de algunos escritores que me mostraron sus experiencias. Henry D. Thoreau, entre otros, ha sido un buen guÃa que me ha ayudado a percibir la naturaleza como un lugar privilegiado. Lo he descubierto en sus anotaciones, en forma de diarios, que tratan de explorar el territorio de montañas, lagos, rÃos; de fauna y flora; sin olvidar los sonidos y sensaciones. De él he aprendido a sentir naturaleza y por eso hago mÃas sus palabras: "Fui a los bosques porque querÃa vivir deliberadamente sólo, para hacer frente a los hechos esenciales de la vida y ver si podÃa aprender lo que la naturaleza tenÃa que enseñarme, y no descubrir al morir que no habÃa vivido. No querÃa vivir lo que no era vida. Ni querÃa practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. QuerÃa vivir profundamente y liberar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida". Entiendo perfectamente su mensaje, porque tuve la suerte de tener durante cuatro años una casa junto al rÃo Manzanares. (No creo que exista, en el lugar, una casa más cercana al rÃo). Desde la cama oÃa el sonido del agua y el canto de los pájaros al amanecer. VeÃa nacer las hojas en primavera y su caÃda en otoño. En el libro hablo de mis experiencias en La Pedriza, de su toponÃmia, de los caminos perdidos y de muchas curiosidad
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