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Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces un a jáquima bastante antigua, y una manta de muestra no muy moderna, y a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.Cuanto la vista alcanza a descubrir desde el punto más elevado de aquel terreno ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro, y hablando con propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o encañadas, la más ancha de cien toesas, sí las tiene. Compónese, pues, todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.
Y seguiendo su viaje fueron a dar a la dicha tierra intitulada de Yucatán a la punta della, que estará sesenta o setenta leguas de la dicha isla Fernandina y desta tierra de la Rica Villa de la Vera Cruz donde nosotros en nombre de Vuestras Reales Altezas estamos, en la cual saltó en un pueblo que se dice Campoche, donde al señor dél pusieron por nombre Lázaro y allí le dieron dos máscaras con una tela de oro por cima y otras cosillas de oro. Y porque los naturales de la dicha tierra no los consintieron estar en el pueblo y tierra se partieron de allá y se fue la costa abajo hasta diez leguas, donde tornó a saltar en tierra junto a otro pueblo que se llama Mochocobon y el señor dél Champoton. Y allí fueron bien rescebidos de los naturales de la tierra, mas no los consintieron entrar en su pueblo y aquella noche durmieron los españoles fuera de las naos en tierra. Y viendo esto los naturales de aquella tierra, pelearon otro día por la mañana con ellos en tal manera que murieron veinteséis es pañoles y fueron heridos todos los otros. Y finalmente, viendo el capitán Francisco Fernández de Córdoba esto, escapó con los que le quedaron con acogerse a las naos.
" UCHAREST est une belle ville où il semble que viennent se mêler l¿Orient et l¿Occident. On est encore en Europe si l¿on prend garde seulement à lasituation géographique ; mais on est déjà en Asie si l¿on s¿en rapporte à certaines m¿urs du pays, aux Turcs, aux Serbes et autres races macédoniennes dont on aperçoit dans les rues de pittoresques spécimens. Pourtant c¿est un pays latin, les soldats romains qui colonisèrent le pays avaient sans doute la pensée constamment tournée vers Rome, alors capitale du monde et chef-lieu de toutes les élégances. Cette nostalgie occidentale s¿est transmise à leurs descendants ; les Roumains pensent sans cesse à une ville où le luxe est naturel, où la vie est joyeuse. Mais Rome est déchue de sa splendeur, la reine des cités a cédé sa couronne à Paris et quoi d¿étonnant que, par un phénomène atavique, la pensée des Roumains soit sans cesse tournée vers Paris qui a si bien remplacé Rome à la tête de l¿univers !"
" Si vous avez voyagé en Écosse, il a dû vous arriver ceci :Après une journée longue et fatigante, comme l¿est une journée dans les montagnes, vous êtes sorti au soleil couchant de quelque gorge sombre, et les derniers rayons du jour vous ont permis d¿embrasser de la vue la longue plaine de bruyères arides qui s¿étendait devant vous, et au- delà de laquelle vous attendait votre gîte. À peine, en jetant les yeux à droite et à gauche, avez-vous remarqué vers l¿horizon, situé à un quart de lieue à peu près du chemin, un de ces châteaux écossais perdus dans un massif de sapins et de mélèzes, et dont les cheminées seules dépassant la cime des arbres se découpent sur le fond rougeâtre du ciel ; vous ne l¿avez pas remarqué, car ce n¿était point là que tendait votre course, et, fatigué que vous étiez d¿un paysage monotone, brisé par le trot court et saccadé de votre petit cheval de montagnes, menacé peut-être par un orage qui s¿amoncelait, vous n¿aviez qüun désir, celui d¿arriver vite où vous attendait le repos. "
" ANTOINE GALLAND naquit en 1646, de pauvres mais honnêtes parens, établis dans un petit bourg de Picardie, nommé Rollo, à deux lieues de Montdidier, et à six de Noyon.Il n¿avoit que quatre ans, et il étoit le septième enfant de la maison, quand son père mourut. Sa mère ne sachant à quoi l¿employer, et réduite elle-même à vivre du travail de ses mains, fit tant qüelle le plaça enfin dans le collége de Noyon, où le Principal et un chanoine de la cathédrale voulurent bien partager entr¿eux le soin et les frais de son éducation."
" Notre siècle est sans contredit un siècle humain ¿ du moins si nous considérons l¿Angleterre. Un homme qui bat sa femme nous est odieux ; la pendaison nous répugne assez généralement, et certains d¿entre mous repoussent même l¿idée d¿ôter la vie pour quelque cause que ce soit. Nous faisons nos opérations à l¿aide du chloroforme, et l¿on a été jusqüà dire que les maîtres d¿école qui s¿obstinent à suivre les doctrines du roi Salomon, en fait de châtiments, devraient faire leurs opérations, eux aussi, avec des précautions. Si l¿humiliation est absolument nécessaire, qüon l¿inflige, mais non pas la douleur physique."
No bien hubo devuelto la paz de Cateau-Cambrésis a Francia, en 1559, la tranquilidad de que la privaba desde hacía casi treinta años una multitud innúmera de enemigos, cuando disensiones intestinas, más peligrosas que la guerra, vinieron a acabar de perturbar su seno. La diversidad de cultos que en ella reinaba, los celos, la ambición de la excesiva cantidad de héroes que en ella florecía, la escasa energía del gobierno, la muerte de Enrique II, la debilidad de Francisco II, todas estas causas permitían, en fin, presumir que si los enemigos dejaban respirar a Francia, pronto alumbraría ella misma un incendio interior tan fatal como las perturbaciones que acababan de desgarrarla en el exterior. Felipe II, rey de España, tenía deseos de paz; sin preocuparse por tratar con los Guise, se prestó a acuerdos relativos al rescate del condestable de Montmorency, a quien había hecho prisionero en la jornada de San Quintín, a fin de que este primer oficial de la corona pudiera trabajar con Enrique II en una paz deseada por todas las potencias.
Verán ustedes las asignaturas que el Estado me obligó a echarme al cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de Caminos. Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A más, Trigonometría y Analítica; por contera, Descriptiva y Cálculo diferencial. Luego, (prendidito con alfileres, si he de ser franco) idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me inspiraban profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los infinitos «dibujos»: el lineal, el topográfico, y también el de paisaje, que supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira, pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las mises cuando viajan.
La buena descripcion de un viaje, aunque requiere ciertas condiciones poco vulgares, es un trabajo ménos laborioso de lo que generalmente se piensa. Pero viajar, ó saber viajar es un arte mas delicado y difícil de lo que á muchos parece. Cuando se viaja puramente por gozar y sacudir el fastidio, no se hace otra cosa que vagar en un país ó vegetar moviéndose. El pseudo-viajero, impelido por una curiosidad sin consecuencias, se parece entónces á la hoja que flota en el torbellino de un huracan, sin tendencia propia ni significacion.El viaje es un arte complejo de investigacion metódica al mismo tiempo que de capricho inteligente. Él requiere, por una parte, cualidades de viva impresionabilidad, imaginacion poética, severo criterio, curiosidad de observacion y libertad de espíritu, conjuntamente; y por otra, tiempo, dinero, paciencia, conocimiento de las lenguas y ciertas ventajas aplicables al país que se visita.
Dedico a Vds. el primer tomo de esta colección de mis OBRAS, en señal de agradecimiento al estímulo y ayuda que me han prestado para ordenarlas y publicarlas tan cuidadosa y elegantemente, con su papel de color de garbanzo, con sus portadas a dos tintas, con tanta linda cabeza y letra de adorno, con mi retrato artísticamente grabado Por el insigne Maura, y hasta con mi endiablada Biografía, que por cierto ha redactado uno de Vds. desde puntos de vista tan cariñosos y benévolos, que voy a ponerme colorado cada vez que tenga que regalar a alguien un ejemplar del presente volumen...En cuanto al texto de la obra, única parte de mi responsabilidad exclusiva, mucho siento que no sea cosa más seria y de mayor sustancia, como sin duda hubiera convenido, tratándose de obsequiar a personas de tan graves ideas y sentimientos... Aunque, en esto de la sustancia, he de permitirme rogar a Vds. y a sus más escrupulosos amigos y amigas, que paren mientes en una condición interna y muy recomendable de los cuentecillos adjuntos, condición por la cual estoy casi orgulloso de haberlos escrito, no obstante su ningún mérito literario.Me explicaré en pocas palabras.Cuentos amatorios se titula esta serie de novelillas, y amatoria es, efectivamente, hasta rayar en alegre y aun en picante, la forma exterior o vestidura de casi todas ellas. Pero, en buena hora lo diga, ni por la forma, ni por la esencia, son amatorios al modo de ciertos libros de la literatura francesa contemporánea, en que el amor sensual se sobrepone a toda ley divina y humana, secando las fuentes de las verdaderas virtudes, talando el imperio del alma, arrancando de ella las raíces de la fe y de la esperanza, y destruyendo los respetos innatos que sirven de base a la familia y a la sociedad.
Juan Moreira es uno de esos seres que pisan el teatro de la vida con el destino de la celebridad; es de aquellos hombres que cualquiera que sea la senda social por donde el destino encamine sus pisadas, vienen a la vida poderosamente tallados en bronce.Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenegado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido.No ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por su puñal.
GER.¿ El amor y la obligación no sólo me mandan, pero porfiadamente me fuerzan, amiga Teodora, a que os diga mi sentimiento.TEO.¿ ¿En qué materia, Gerarda?GER.¿ De Dorotea, vuestra hija.TEO.¿ No es tanto que ella yerre como que vos lo advirtáis.GER.¿ Como eso puede nuestra amistad antigua y el amor que la tengo.TEO.¿ Bien se conoce del afecto con que desde el principio de nuestra plática me la habéis encarecido.GER.¿ La mayor desdicha de los hijos es tener padres olvidados de su obligación, o por el grande amor que los tienen, o por el poco cuidado con que los crían.TEO.¿ ¿Puédese negar a la naturaleza el amor de la sangre, ni el de la crianza a sus gracias, desde la lengua balbuciente hasta el discurso de la razón?GER.¿ Puede, cuando el castigo importa.TEO.¿ En la parte de la naturaleza, sería quebrar un hombre su espejo porque le retrata, pues el inocente cristal lo que le dan eso vuelve; y en la de la crianza, lo que sucede a los animales y aves, que se crían todo el año para matarlos un día.GER.¿ Si el hijo retrata al padre en las costumbres, perdónele porque le parece. Si no, bien puede quebrar el espejo, pues que no le retrata; que cuando vos érades moza, lo mismo hacíades con el cristal que no os hacía buena cara.TEO.¿ Eso de cuando érades moza, pudiérades haber excusado, que ahora también lo soy.
¿Yo apuesto por Caravan. ¿¿Apuesta en ponis? ¿Hecho. Y lord Milford, un joven noble, anotó en su libro la apuesta que acababa de hacer con el señor Latour, un miembro veterano del club Jockey. Era la víspera del Derby de 1837. En un salón inmenso y dorado, con una decoración propia de Versalles en los tiempos del gran monarca, y cuyo esplendor no habría desmerecido, se habían reunido muchos caballeros cuyos corazones palpitaban al pensar en el día siguiente, y cuyas mentes trabajaban aún para intentar poner la suerte de su lado. ¿Dicen que Caravan parece hinchado ¿ceceó un joven en voz baja mientras se repantigaba en el borde de una mesa de marquetería, que había pertenecido a Mortemart, y balanceaba con fingida indiferencia un bastón muy adornado a fin de ocultar su inquietud de todos excepto de la persona a la que se dirigía. ¿Las apuestas están siete a dos en su contra ¿fue la respuestä. A mí me parece bien. ¿¿Sabes que anoche soñé con Mango? ¿continuó el caballero del bastón, con una mirada de supersticiosa inquietud.
Decidió entonces Saccard sentarse a una mesa que abandonaba un cliente, en el hueco de una de las ventanas. Creía haberse retrasado, y, mientras cambiaban el mantel, llevó sus miradas al exterior, examinando los viandantes de la acera. Aun después de haberle preparado la mesa, no se apresuró a encargar su comida, quedando unos momentos con la vista sobre la plaza, toda alegre en esta clara jornada de principios de mayo. A aquella hora, en que todos almorzaban, permanecía casi desierta. Bajo el suave verde de los castaños, los bancos estaban desocupados. A lo largo de la reja, en el estacionamiento de coches, la fila de éstos se prolongaba de punta a punta, y el ómnibus de la Bastilla se detenía en su parada, en la esquina del jardín, sin dejar ni tomar viajeros. El monumento, con su columnata, sus dos estatuas y su vasto césped, quedaban bañados por el sol, que caía a plomo, mientras a su alrededor se alineaba en buen orden un ejército de sillas.
En una tarde de mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos tres, al parecer, criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada, y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.
Partió el tren, negro, largo, con sus dos locomotoras. Esteban y Jacinta, en el andén, al pie de las maletas, le vieron alejarse entre el encinar, con una emoción de adiós a algo doloroso de que habíales arrancado y despedido para siempre. Fue en los dos jóvenes, en los dos casi chiquillos, tan honda y compartida esta emoción, que al deshacerse las últimas volutas de vapor en el final del puente, ellos se miraron y cogiéronse la mano. Jacinta se acercó a darle un beso y a ordenarle los encajes de la gorra a su hijo, que dormía en brazos de la vieja y fiel criada; y Esteban, inundado por la bondad de su mujer, sintió en los ojos humedad de lágrimas, en una dulce angustia de la honradísima alegría que le causaba el poder empezar, al fin, a hacerla venturosa.
La última vez que nos vimos, me obsequiaste con un relato muy interesante y pormenorizado de los acontecimientos más notables de tu vida, ocurridos con anterioridad a nuestro primer encuentro; y a continuación me pediste a cambio parecidas confidencias. No encontrándome en aquel momento en un estado de ánimo propicio para la narración, decliné hacerlo, con la excusa de no tener nada especial que contar, y otras parecidas que fueron consideradas totalmente inadmisibles por tu parte; porque aunque cambiaste de inmediato de conversación, lo hiciste con el aire de un hombre que no se queja pero está profundamente dolido y tu semblante se cubrió con una nube que lo oscureció hasta el final de nuestra charla, y, por lo que sé, lo sigue oscureciendo; porque tus cartas se han distinguido desde entonces por una cierta rigidez y reserva dignas y al mismo tiempo semimelancólicas, que me habrían afectado seriamente si mi conciencia me hubiera acusado de merecerlas.
Enrique III unido con Enrique de Borbón, rey de Navarra, contra la Liga, habiendo comenzado ya el bloqueo de París, envía secretamente Enrique a pedir socorro a Isabel, reina de Inglaterra. Sufre el Héroe una tempestad. Aporta a una isla, donde un anciano católico le predice su conversión y su advenimiento al trono. Descripción de la Inglaterra y de su Gobierno.El héroe canto, que reinó en la Francia Por derechos de sangre, y de conquista; Que a gobernar los hombres aprendiera Por una larga serie de desdichas; Que facciones calmando, vencer fuerte Y a un tiempo perdonar dulce sabía; Y que de confusión en fin cubriendo Al Íbero, a Mayena y a la Liga, De padre y vencedor de sus vasallos Su nombre señaló con la divisa. Baja, augusta verdad, del alto cielo. Ven; y tu claridad y tu energía Sobre los versos míos vierte grata.
Un quidam caporal Italiano, De patria Perusino á lo que entiendo, De ingenio Griego, y de valor Romano,Llevado de un capricho reverendo, Le vino en voluntad de ir á Parnaso, Por huir de la corte el vario estruendo.Solo y á pie partióse, y paso á paso Llegó donde compró una mul antigua De color parda, y tartamudo paso:Nunca á medroso pareció estantigua Mayor, ni menos buena para carga, Grande en los huesos, y en la fuerza exigua:Corta de vista, aunque de cola larga, Escrecha en los hijares, y en el cuero Mas dura que lo son los de una adarga.Era de ingenio cabalmente entero, Caia en qualquier cosa facilmente Asi en Abril, como en el mes de Enero.Enfin sobre ella el poeton valiente Llegó al Parnaso, y fue del rubio Apolo Agasajado con serena frente.
En otro tiempo se elevaba un hermoso pueblo de blancas casas y rojizos techos, casi encubiertos por los tilos y las hayas, a muy poca distancia de Liburnia, alegre villa que se refleja en las rápidas aguas del Dordoña, entre Fronsac y San Miguel de la Rivera. Por entre sus casas, simétricamente alineadas, pasaba el camino de Liburnia a San Andrés de Cubzac, formando la única vista que disfrutaban aquéllas. A poco más de cien pasos de una de estas hileras de casas, se extiende serpenteando el río, cuya anchura y poderío empiezan a anunciar, desde aquel sitio, la proximidad del mar. Pero la guerra civil había estampado sus desoladoras huellas en aquel país, destruyendo las árboles y los edificios, expuestos a todos sus caprichosos furores; y no pudiendo huir, como lo hicieran sus habitantes, se deslizaron poco a poco sobre los céspedes, protestando a su modo contra la barbarie de las revoluciones intestinas; empero la tierra, que sin duda ha sido creada para servir de tumba a todo cuanto fue, ha ido cubriendo lentamente el cadáver de aquellas casas, tan graciosas y alegres en otro tiempo; la hierba ha brotado sobre aquel suelo ficticio, y el viajero que hoy camina por la senda solitaria, no podrá sospechar al ver aparecer sobre los montecillos desiguales, alguno de esos numerosos rebaños tan comunes en el mediodía; que ovejas y pastores huellan indiferentes el cementerio en que reposa una aldea.
La pequeña ciudad de Verrières puede pasar por una de las más lindas del Franco Condado. Sus casas, blancas como la nieve y techadas con teja roja, escalan la estribación de una colina, cuyas sinuosidades más insignificantes dibujan las copas de vigorosos castaños. El Doubs se desliza inquieto algunos centenares de pies por bajo de la base de las fortificaciones, edificadas en otro tiempo por los españoles y hoy en ruinas. Una montaña elevada defiende a Verrières por su lado Norte. Los picachos de la tal montaña, llamada Verra, y que es una de las ramificaciones del Jura, se visten de nieve en los primeros días de octubre. Un torrente, que desciende precipitado de la montaña, atraviesa a Verrières y mueve una porción de sierras mecánicas, antes de verter en el Doubs su violento caudal. La mayor parte de los habitantes de la ciudad, más campesinos que ciudadanos, disfrutan de un bienestar relativo, merced a la industria de aserrar maderas, aunque, a decir verdad, no son las sierras las que han enriquecido a nuestra pequeña ciudad, sino la fábrica de telas pintadas llamadas de Mulhouse, cuyos rendimientos han remozado casi todas las fachadas de las casas, después de la caída de Napoleón.
Pero Edith se había quedado dormida. Estaba preciosa acurrucada en el sofá del gabinete de Harley Street con su vestido de muselina blanca y cintas azules. Si Titania se hubiese quedado dormida alguna vez en un sofá de damasco carmesí, ataviada con muselina blanca y cintas azules, podrían haber tomado a Edith por ella. Margaret se sintió impresionada de nuevo por la belleza de su prima. Habían crecido juntas desde niñas, y todos menos Margaret habían comentado siempre la belleza de Edith; pero Margaret no había reparado nunca en ello hasta los últimos días, en que la perspectiva de su separación inminente parecía realzar todas las virtudes y el encanto que poseía. Habían estado hablando de vestidos de boda y de ceremonias nupciales; del capitán Lennox y de lo que él le había explicado a Edith sobre su futura vida en Corfú, donde estaba destacado su regimiento; de lo difícil que era mantener un piano bien afinado (algo que Edith parecía considerar uno de los problemas más tremendos que tendría que afrontar en su vida de casada), y de los vestidos que necesitaría para las visitas a Escocia después de la boda. Pero el tono susurrado se había ido haciendo cada vez más soñoliento hasta que, tras una breve pausa, Margaret comprobó que sus sospechas eran ciertas y que, a pesar del murmullo de voces que llegaba de la sala contigua, Edith se había sumido en una plácida siestecilla de sobremesa como un suave ovillo de cintas, muselina y bucles sedosos.
Bistritz, 3 de mayo. Salí de Münich a las 8:35 de la noche del primero de mayo, llegué a Viena a la mañana siguiente, temprano; debí haber llegado a las seis cuarenta y seis; el tren llevaba una hora de retraso. Budapest parece un lugar maravilloso, a juzgar por lo poco que pude ver de ella desde el tren y por la pequeña caminata que di por sus calles. Temí alejarme mucho de la estación, ya que, como habíamos llegado tarde, saldríamos lo más cerca posible de la hora fijada. La impresión que tuve fue que estábamos saliendo del oeste y entrando al este. Por el más occidental de los espléndidos puentes sobre el Danubio, que aquí es de gran anchura y profundidad, llegamos a los lugares en otro tiempo sujetos al dominio de los turcos. Salimos con bastante buen tiempo, y era noche cerrada cuando llegamos a Klausenburg, donde pasé la noche en el hotel Royale. En la comida, o mejor dicho, en la cena, comí pollo preparado con pimentón rojo, que estaba muy sabroso, pero que me dio mucha sed. (Recordar obtener la receta para Mina). Le pregunté al camarero y me dijo que se llamaba "paprika hendl", y que, como era un plato nacional, me sería muy fácil obtenerlo en cualquier lugar de los Cárpatos. Descubrí que mis escasos conocimientos del alemán me servían allí de mucho; de hecho, no sé cómo me las habría arreglado sin ellos.
Nací a la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una importante masa de sufragios -mayor que el natural-, para procurarle decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo que en el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas y de que se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista.
Las cinco luces ardían sobre la mesa en que se había servido, más suculento que de ordinario, el desayuno, y el carbón, hecho una grana, en la estufa. Pero advirtió Amelia (que lloraba menos) cómo entraba franca por el balcón la claridad del día, y torció la llave de la araña.Con este lívido fulgor de amanecer aparecieron más ajados los semblantes. Gloria no se quitaba el pañuelo de los ojos. La madre sollozaba sobre el hombro del «niño», dándole consejos, y el niño, el joven Esteban, comía de un modo maquinal cuanto le habían puesto en el plato. No hablaba. No hablaban. Un ómnibus que acababa de pasar había conmovido a todos como el coche de los muertos, y otros ómnibus, que se acercaba ahora con gran estruendo de hierros y de ruedas, los aterró.-¡Ahí está! ¡Hala, vamos..., que parecéis unas criaturas! ¡Ni que el viaje fuera al Polo! -animó Amelia levantándose, porque había parado el ómnibus. Y al ir por su marido, le vio llegar poniéndose la pelliza, y le apostrofó dulcemente-: ¡Vaya, hijo! ¡Pues ya no puedes tomar nada!
A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray, y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.
Sin los benévolos aplausos que Vd. mi ilustrada amiga, prodigó a mi primera novela «Los amores de Hortencia», yo no hubiera continuado cultivando este género de literatura que hoy me ha valido el primer premio en el certamen internacional del Ateneo de Lima.Separarme del realismo, tal cual lo comprende la escuela hoy en boga, y buscar lo real en la belleza del sentimiento, copiando los movimientos del alma, no cuando se envilece y degrada, sino cuando se eleva y ennoblece; ha sido el móvil principal que me llevó a escribir «Sacrificio y recompensa.»Si hay en el alma un lado noble, bello, elevado, ¿por qué ir a buscar entre seres envilecidos, los tipos que deben servir de modelo a nuestras creaciones? Llevar el sentimiento del bien hasta sus últimos extremos, hasta tocar con lo irrealizable, será siempre, más útil y provechoso que ir a buscar entre el fango de las pasiones todo lo más odioso y repugnante para exhibirlo a la vista, muchas veces incauta, del lector.
Antes de emprender el relato de las grandes expediciones del siglo XVIII, debemos señalar los inmensos progresos realizados por las ciencias durante este periodo, progresos que rectificaron una multitud de errores consagrados y que dieron una base a las tareas de los astrónomos y de los geógrafos. Para no hablar más que del objeto que nos ocupa, diremos que estos progresos modificaron radicalmente la cartografía y dieron a la navegación una seguridad desconocida hasta entonces. Aunque Galileo ya en 1610 había observado los eclipses de los satélites de Júpiter, la indiferencia de los gobiernos, la falta de instrumentos de suficiente alcance y los errores cometidos por los discípulos del gran astrónomo italiano habían esterilizado este importante descubrimiento. En 1668 Juan Domingo Cassini había publicado sus Tablas de los satélites de Júpiter, obra que indujo a Colbert a llamarle a París al año siguiente y a darle la dirección del observatorio.
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