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  • av Marry Shelley
    289,-

    " ON sait que ces haines de familles et de partis qui désolèrent l¿Italie au moyen âge, et que Shakspeare a si bien décrites dans Romeo et Juliette, existaient presque dans toutes les villes de cette belle péninsule. Ses plus grands citoyens en furent les victimes ; par elles, des hommes qui jouissaient, la veille, de tous les avantages de la richesse, de la considération, sortaient des portes de leur cité natale, pour aller végéter dans l¿exil et la pauvreté. On voyait ces malheureux bannis s¿éloigner à pas lents de leurs foyers ravagés, regarder en arrière pour contempler encore une fois les flammes dévorant leurs maisons, ou la poussière élevée au-dessus de leurs décombres. Alors se dirigeant vers l¿asile le plus proche, ils se préparaient à commencer une carrière de dépendance et de pénurie, en attendant qüun changement de fortune les mît à la place de leurs oppresseurs."

  • av Guillaume Apollinaire
    289,-

    Poèmes à Lou, d'abord intitulé Ombre de mon amour, est un recueil de poèmes posthume de Guillaume Apollinaire, dédié à Louise de Coligny-Châtillon. Le poète et sa muse se rencontrent en 1914, au moment de la mobilisation pour la guerre. Les poèmes sont publiés dans l'ordre chronologique et témoignent autant de l'amour intense que de l'expérience du poète-combattant lors de la Première Guerre mondiale. Les poèmes sont écrits au dos des lettres que le poète envoyait à Lou, qui ont été réunies dans un recueil séparé intitulé Lettres à Lou.Certains de ces poèmes sont d¿ailleurs repris et remaniés dans Calligrammes, recueil qui a également développé cette thématique de l¿amour et la guerre.

  • av Maurice Leblanc
    289,-

    Maurice Leblanc s¿est amusé ici avec son compère André de Maricourt à revisiter toute une série de contes et légendes à travers les aventures d¿un jeune garçon Pierre et de sa complice Violette ; ce roman très original nous replonge dans les histoires de notre enfance entre nostalgie et romantisme : un roman à savourer au coin du feu" Contre la fenêtre, à l¿extrémité du grand salon, il y avait une table, sur cette table un fauteuil, sur ce fauteuil un tabouret, et sur ce tabouret un petit garçon qui, à l¿aide d¿un caillou serti dans une bague de plomb, faisait mine de couper l¿une des vitres supérieures.Tout cela formait une pyramide miraculeuse, mais un peu branlante, si branlante même que, par suite de la défaillance du tabouret, le petit garçon n¿eut que le temps de s¿accrocher à l¿un des rideaux de damas cerise, tandis que s¿écroulait avec fracas l¿édifice, péniblement construit.À l¿autre bout du salon, dans une partie lointaine qui formait boudoir, une jeune femme laissa échapper un cri d¿effroi..."

  • av Henry James
    408

    Un radiante día de mayo, en el año 1868, un caballero se hallaba cómodamente recostado en el gran diván circular que por aquellos tiempos ocupaba la parte central del Salón Carré, en el Museo del Louvre. Esta conveniente otomana ya no está allí, para inmenso desconsuelo de todos los amantes de las bellas artes que tienen las rodillas débiles; pero el caballero en cuestión había tomado serena posesión de su punto más mullido y, con la cabeza inclinada hacia atrás y las piernas estiradas, contemplaba la bella Madonna de la luna, de Murillo, en profundo disfrute de su postura. Se había quitado el sombrero, y a su lado había dejado una pequeña guía roja y unos gemelos. El día era caluroso; la caminata le había sofocado, y se pasaba una y otra vez el pañuelo por la frente con gesto un tanto cansino. Y, sin embargo, evidentemente no se trataba de un hombre a quien la fatiga le fuese familiar; alto, delgado y musculoso, insinuaba esa clase de vigor que suele conocerse como «resistencia». Pero en este día concreto sus esfuerzos habían sido de un tipo inusitado, y a menudo había realizado grandes proezas físicas que le habían dejado menos exhausto que su tranquilo paseo por el Louvre.

  • av Owen Wister
    408

    Una escena curiosa atraía a los pasajeros hacia la ventanilla, tanto hombres como mujeres, así que me levanté y crucé el vagón para ver de qué se trataba. Cerca de las vías vi un cercado y alrededor de este había algunos hombres riendo; dentro del cercado había torbellinos de polvo, y en medio del polvo algunos caballos, corcoveando, apiñándose y esquivándose. Eran ponis vaqueros en un corral y uno de ellos no se dejaba atrapar, daba igual quién le lanzara el lazo. Estuvimos un buen rato contemplando aquel espectáculo; nuestro tren había parado para llenar el motor junto al tanque de agua un poco antes de llegar al andén de la estación de Medicine Bow. Ya llevábamos un retraso de seis horas y nos moríamos por algo de entretenimiento. El poni del corral era listo y de patas ligeras. ¿Han visto alguna vez a un boxeador habilidoso estudiando a su antagonista con una mirada silenciosa y fija? Esa mirada era la que el poni clavaba en cualquiera de los hombres que se acercara con el lazo. El jinete podía fingir que miraba hacia el cielo, que lucía espléndido, o que entablaba una animada conversación con un viandante; todo era inútil. El poni lo adivinaba. Ningún amago lo engañaba. Ese animal era todo un hombre de mundo. Sus ojos atentos se clavaban en la amenaza disimulada y la gravedad de su rictus de caballo convertía la situación en una escena de comedia costumbrista. Luego, le lanzaban el lazo, pero el animal ya se encontraba en otro lugar; si los caballos se ríen, debía de abundar la alegría en aquel corral. En ocasiones, el poni daba una vuelta solo, a continuación se deslizaba como un rayo entre sus hermanos, y todos ellos, como un banco de peces juguetones, salían trotando por el corral, pateando el fino polvo y ¿tal como me pareció¿ riéndose a carcajadas.

  • av Mark Twain
    408

  • av Vicente Blasco Ibanez
    368,-

    En mis tiempos de agitador político, allá por el año 1902, los republicanos de Mallorca me invitaron a un mitin de propaganda de nuestras doctrinas que se celebró en la plaza de Toros de Palma.Después de esta reunión popular, los otros diputados republicanos que habían hablado en ella se volvieron a la Península. Yo, una vez pronunciado mi discurso, di por terminada mi actuación política, para correr como simple viajero la hermosa isla que vio en la Edad Media los paseos meditativos del gran Raimundo Luliöfilósofo, hombre de acción, novelistäy en el primer tercio del siglo xix sirvió de escenario a los amores románticos y algo maduros de Jorge Sand y Chopin.Más que las cavernas célebres, los olivos seculares y las costas eternamente azules de Mallorca, atrajeron mi atención las honradas gentes que la pueblan y sus divisiones en castas que aún perduran, a causa sin duda del aislamiento isleño, refractario a las tendencias igualitarias de los españoles de tierra firme. Vi en la existencia de los judíos convertidos de Mallorca, de los llamados chuetas, una novela futura.

  • av Jose Maria de Pereda
    408

    Madrid, julio 30 de 188... Si por una, para mí, desdichada casualidad, no hubiera estado yo ausente el día en que tú pasaste por aquí como un relámpago, te hubiera enterado de palabra de estas graves cosas que voy a referirte ahora por escrito y de mala manera, porque tras de no tener el tiempo de sobra, jamás despunté por hábil en el manejo de la pluma. Yo te aseguro que no la tuviera en este instante entre los dedos sin el honrado temor de que adquieras por el rumor público las noticias que debo darte yo antes que nadie y que a nadie. O somos o no somos amigos «de la infancia:» Pílades y Orestes, los gemelos de Siam, como alguien nos ha llamado al vernos tan unidos en las prosperidades y en las tormentas de nuestra no larga, pero bien azarosa vida; o hemos o no corrido juntos los temporales de nuestro mundo tan calumniado por los que no le conocen, y bien poco entretenido para los que le conocemos a fondo, cuando las arrastradas circunstancias (vulgo, dinero) no concuerdan en género, número y caso con la omnímoda libertad, que nunca falta, de explorarle en todas direcciones. En fin, hombre, y por no enredarme en estos líos retóricos que me apestan: que me considero en la obligación de contarte esto gordo que me pasa, y que te lo voy a contar del mejor modo que pueda.

  • av Benito Jerónimo Feijoo
    368,-

    En los tiempos antiquísimos, si creemos a Plutarco, sólo se usaba la música en los templos, y después pasó a los teatros. Antes servía para decoro del culto; después se aplicó para estímulo del vicio. Antes sólo se oía la melodía en sacros himnos; después se empezó a escuchar en cantinelas profanas. Antes era la música obsequio de las deidades; después se hizo lisonja de las pasiones. Antes estaba dedicada a Apolo; después parece que partió Apolo la protección de este arte con Venus. Y como si no bastara para apestar las almas ver en la comedia pintado el atractivo del deleite con los más finos colores de la retórica y con los más ajustados números de la poesía, por hacer más activo el veneno, se confeccionaron la retórica y la poesía con la música.

  • av Virginia Woolf
    408

    Era una primavera vacilante. El tiempo, siempre cambiante, mandaba nubes azules y purpúreas que se deslizaban sobre la tierra. En el campo, los campesinos contemplaban con aprensión sus cultivos; en Londres, la gente alzaba la vista al cielo y abría y cerraba el paraguas. Pero en el mes de abril cabía esperar aquel tiempo. Miles de dependientes hacían este comentario al entregar la mercancía envuelta con esmero a las señoras de adornados vestidos que se hallaban al otro lado del mostrador, en Whiteley y en los almacenes Army and Navy. Interminables procesiones de compradores en el West End, y de hombres de negocios en el East End, circulaban por las aceras, como caravanas en una marcha perpetua, o al menos eso les parecía a aquellos que se detenían por alguna razón, ya fuera para echar una carta, o en el ventanal de un club de Piccadilly. La corriente de landós, victorias y cabriolés era incesante, ya que la temporada social acababa de comenzar.

  • av Alexandre Dumas
    408

  • av Edith Wharton
    408

    La señora Spragg y su acompañante estaban entronizadas en grandes sillones dorados, en uno de los salones privados del Hotel Stentorian. A las habitaciones que ocupaban los Spragg se las conocía como una de las suites Looey, y las paredes del salón estaban parcialmente forradas de reluciente caoba, tapizadas con seda de damasco de color rosa salmón y decoradas con retratos ovales de María Antonieta y la princesa de Lamballe. En el centro de la alfombra de flores había una mesa dorada con la superficie de ónice mexicano, que sostenía una palmera en un cesto igualmente dorado y adornado con un lazo rosa. A excepción de la palmera y un ejemplar de El perro de los Baskerville, la habitación no mostraba otros indicios de ocupación humana, y la actitud de la propia señora Spragg era de absoluta indiferencia, como una figura de cera en una vitrina. Su elegante indumentaria justificaba esta pose, al tiempo que su rostro, de mejillas pálidas y suaves, con los párpados hinchados y la boca caída, recordaba al de una figura de cera semiderretida, a resultas de lo cual le hubiera salido aquella papada.

  • av Homer
    408

    Después de una corta invocación a la divinidad para que cante «la perniciosa ira de Aquiles», nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; éste desprecia al sacerdote, se niega a darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento; Aquiles reúne a los guerreros en el ágora por inspiración de la diosa Hera, y, habiendo dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamenón, se sabe por fin que el comportamiento de Agamenón con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta declaración irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y Aquiles le responde que ya se la darán cuando tomen Troya. Así, de un modo tan natural, se origina la discordia entre el caudillo supremo del ejército y el héroe más valiente. La riña llega a tal punto que Aquiles desenvaina la espada y habría matado a Agamenón si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea; entonces Aquiles insulta a Agamenón, éste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseida, a pesar de la prudente amonestación que le dirige Néstor; se disuelve el ágora y Agamenón envía a dos heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseide; Ulises y otros griegos se embarcan con Criseida y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo e impetre de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamenón comprenda la falta que ha cometido; Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran un festín espléndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.

  • av Francisco De Quevedo
    368,-

    Tiene vuestra majestad de Dios tantos y tan grandes reinos, que sólo de su boca y acciones y de los que le imitaron puede tomar modo de gobernar con acierto y providencia. Muchos han escrito advertimientos de estado conformes a los ejemplares de príncipes que hizo gloriosos la virtud, o a los preceptos dignamente reverenciados de Platón y Aristóteles, oráculos de la naturaleza. Otros, atendiendo al negocio no a la doctrina, o por lograr alguna ociosidad o descansar alguna malicia, escribieron con menos verdad que cautela, lisonjeando príncipes que hicieron lo que dan a imitar, y desacreditando los que se apartaron de sus preceptos. Hasta aquí ha sabido esconderse la adulación y disimularse el odio. Yo, advertido en estos inconvenientes, os hago, Señor, estos abreviados apuntamientos, sin apartarme de las acciones y palabras de Cristo, procurando ajustarme cuanto es lícito a mi ignorancia con el texto de los Evangelistas, cuya verdad es inefable, el volumen descansado, y Cristo nuestro Señor el ejemplar. Yo conozco cuánto precio tiene el tiempo en los grandes monarcas, y sé cuán conforme a su valor le gasta vuestra majestad en la tarea de sus obligaciones, sin perdonar, por la comodidad de sus vasallos, descomodidad ni riesgo. Por eso no amontono descaminados enseñamientos, y mi brevedad es cortesía reconocida; pues nunca el discurso de los escritores se podrá proporcionar con el talento superior de los príncipes, a quien sólo Dios puede enseñar y los que son varones suyos; y en lo demás, quien no hubiere sido rey siempre será temerario, si ignorando los trabajos de la majestad la calumniare.

  • av Elizabeth Gaskell
    621,-

    " Monkshaven, qüil vous faudrait chercher sur la côte nord-est d¿Angleterre, au bord de la Dee, justement à l¿endroit où cette rivière tombe dans l¿Océan germanique, ¿ compte aujourd¿hui quinze mille habitants, mais n¿en avait pas la moitié à la fin du dernier siècle, époque où se passèrent les événements que nous allons raconter. Tout autour, dans un rayon de plusieurs milles, s¿étendent ces grands espaces plats et humides qüon appelle moorlands, interrompus çà et là par quelques hauteurs couvertes de rouges bruyères. Du haut de ces cimes qui dominent la mer, s¿écoulent des torrents qui, ¿ se creusant avec le temps un chemin plus ou moins large, ¿ ont peu à peu formé des espèces de vallons plus ou moins étroits, au fond desquels s¿abrite une végétation riche et puissante. "

  • av Eugenio Maria de Hostos
    289,-

    Como Bayoán a Marién, así conocí yo a Inda: De pronto, de repente, sin saber siquiera que existía, sin prever el influjo de su existencia en mi existencia.Hace ya más de un año. Pocas noches antes, recién llegado aún a Caracas, se me había forzado amistosa y cariñosamente a asistir a un sarao de familia que acabó por convertirse en una fiesta de bienvenida al huésped lisonjeado. En aquellos momentos se me lisonjeaba. Era yo el representante más activo de las Antillas: de Cuba y Borinquen, que aun necesitan de hombres como era yo. Se festejaba a la patria en mi persona, y los puertorriqueños me recibían como la encarnación de su esperanza, y los cubanos me recibían como al que su patria agradecida recordaba.Aun no había llegado el día de la traición en muchos para quienes fue una gloria y un honor el recibir de mí un apretón de manos.

  • av H. G. Wells
    408

    La mayoría de la gente de este mundo parece vivir según un papel establecido; tienen un principio, un intermedio y un final, que son congruentes entre sí y fieles a las reglas de su colectivo. Se puede decir que esas personas son de un tipo o de otro. Son, como diría la gente de teatro, ni más ni menos que «actores de un papel». Tienen una clase, tienen un lugar, saben lo que son y lo que les corresponde, y el tamaño de la lápida dice al final lo adecuadamente que han interpretado este papel. Pero hay también otro tipo de vida que no es tanto vivir como saborear una miscelánea de vidas. Uno es golpeado por alguna inesperada fuerza transversal, arrojado fuera de su estrato y vive de través durante el resto del tiempo, y, por decirlo así, en una sucesión fragmentaria de experiencias. Este ha sido mi caso, y eso es lo que me ha impulsado a escribir algo de una naturaleza similar a una novela. He sido objeto de una inusual serie de impresiones que deseo contar sin más dilación. He visto la vida desde niveles muy distintos, y en todos ellos la he observado con una especie de familiaridad y con buena fe.

  • av William Shakespeare
    328,-

  • av Jules Verne
    289 - 421,-

  • av Rosario de Acuña
    368,-

    El prólogo de nuestra obra; he aquí la mayor dificultad para el mortal que se atreve a escribir un libro; y si este libro es de poesías, entonces las proporciones de la empresa crecen, se agigantan, asustando con sus extrañas formas la impresionable imaginación del poeta. Ante todo para escribir un prólogo es menester saber lo que es un prólogo; plumas más hábiles que la mía, e inteligencias elevadas, han descrito la misión y las cualidades de ese preámbulo de trabajos reunidos; con todo, bien puedo permitirme decir lo que pienso sobre tan importante asunto. Para mí un prólogo es la fe de bautismo de la obra y la cédula de vecindad del autor; en él se ve la legitimidad de la primera y la honrada posición del segundo; si la obra ha sido revisada por inteligencias de superior calidad, en el prólogo aparece lo bastardo de su procedencia, y si el autor oculta bajo fastuosa apariencia su hambre de jerarquías, en el prólogo se descubre la falsedad de sus intenciones; por esto un prólogo es el punto más alto a que puede llegar el que siente en su corazón y en su cabeza el sacro fuego de la inspiración, por esto mi pluma tiembla al trazar sobre el blanco papel los renglones del prólogo de mi primera obrä ¿Qué te diré yo, público juez, ante cuyo tribunal inapelable aparece hoy la colección de mis versos?

  • av Thomas Hardy
    408

    El maestro se marchaba del pueblo y todo el mundo parecía sentirlo. El molinero de Cresscombe le había prestado su pequeño carro blanco y entoldado y el caballo para transportar sus enseres a su ciudad de destino, a unos treinta y dos kilómetros de distancia, ya que el vehículo en cuestión ofrecía sobrada capacidad para ese traslado. La vivienda de la escuela había sido equipada por la administración, y el único trasto engorroso que el maestro poseía, además del cajón de libros, era un piano vertical que había comprado en una subasta el año en que pensó aprender música instrumental. Aunque, pasado el primer entusiasmo, jamás adquirió soltura alguna para tocar, y la dichosa compra se había convertido en una constante molestia cada vez que cambiaba de casa. El párroco, a quien no le gustaba el espectáculo de las mudanzas, se había ausentado durante todo el día. No tenía intención de regresar hasta el atardecer, cuando el nuevo maestro hubiera llegado, estuviera instalado y todo discurriera normalmente otra vez.

  • av Emile Zola
    408

    A las nueve, la sala del teatro Varietés aún estaba vacía. Algunas personas esperaban en el anfiteatro y en el patio de butacas, perdidas entre los sillones de terciopelo granate y a la media luz de las candilejas. Una sombra velaba la gran mancha roja del telón; no se oía ningún rumor en el escenario, la pasarela estaba apagada y desordenados los atriles de los músicos. Sólo arriba, en el tercer piso, alrededor de la rotonda del techo, en el que las ninfas y los amorcillos desnudos revoloteaban en un cielo verdeado por el gas, se escuchaban voces y carcajadas en medio de un continuo alboroto, y se veían cabezas tocadas con gorras y con sombreros, apiñadas bajo las amplias galerías encuadradas en oro. En un momento dado apareció una diligente acomodadora con dos entradas en la mano y guiando a un caballero y a una dama a la butaca que les correspondía; el hombre, de frac y la mujer, flaca y encorvada, mirando lentamente alrededor.

  • av Thomas Hardy
    408

    Se aproximaba la hora del crepúsculo de un sábado de noviembre, y la vasta extensión de ilimitado erial conocida por el nombre de Egdon Heath se entenebrecía por momentos. Allá en lo alto, la cóncava extensión de nubes blanquecinas que cubría el cielo era como una tienda que tuviera por suelo todo el páramo. Como el firmamento estaba revestido por ese pálido velo y la tierra por la más oscura vegetación, el punto en que ambos se encontraban en el horizonte quedaba claramente definido. Debido a ese contraste, el páramo había adoptado el aspecto de un adelanto de la noche que se hubiera apropiado del lugar antes de la llegada de su hora astronómica: la oscuridad se había adueñado en un alto grado de la tierra, mientras que el día perduraba distintamente en el cielo. De mirar a lo alto, un cortador de aulaga se habría sentido inclinado a seguir su trabajo; de mirar hacia abajo, habría decidido terminar con el haz que tenía entre las manos e irse a casa. Los distantes confines del mundo y del firmamento parecían ser una división del tiempo, además de una división de la materia. La superficie del páramo, por su solo aspecto, le añadía media hora a la tarde; de manera similar podía retrasar el alba, entristecer el mediodía, anticipar la fiereza de tormentas apenas constituidas e intensificar la opacidad de una medianoche sin luna hasta hacerla motivo de miedos y temblores.

  • av Felipe Trigo
    368,-

    Desde la majestad de mi independencia de intenso historiador de las costumbres (no siempre grato a todos, por ahora) permítame usted que le dedique este libro a la majestad de sus talentos (no siempre gratos a todos, por ahora) de futuro gobernante. Él, en medio del ambiente un poco horrible de la Europa, le evocará la verdadera verdad del ambiente de un país europeo, el nuestro, cuya cristalización en un medievalismo bárbaro, ya sin el romántico espíritu de lo viejo, y aun sin los generosos positivismos altruistas de lo moderno, le hace todavía más horrible que los otros. No le diré que estas páginas contienen la historia de una íntegra realidad, pero sí la de una realidad dispersa, la de la vida de las provincias españolas, de los distritos rurales (célula nacional, puesto que Madrid, como todas las ciudades populosas, no es más que un conglomerado cosmopolita y sin típico carácter), que yo conozco más hondamente que usted, acaso, por haberla sufrido largo tiempo. Si usted lee este libro con un poco de más reposada atención que hayan de leerlo millares de lectores de ambos mundos, quizá más pronto y mejor pueda verse en buen camino la intención con que lo he escrito. Me llaman algunos inmoral, por un estilo; a usted, también, algunos le llaman inmoral, por otro estilo; pero usted, que por España habrá llorado muchas veces lágrimas de sangre de dolor, y yo, que por España di mi sangre un día y por España suelo llorar cuando escribo, sabemos lo que valen esas cosas.

  • av Vicente Blasco Ibanez
    408

    Sus primeros amores fueron con una emperatriz.Él tenía diez años y la emperatriz seiscientos. Su padre, don Esteban Ferragut¿tercera cuota del Colegio de Notarios de Valenciä, admiraba las cosas del pasado. Vivía cerca de la catedral, y los domingos y fiestas de guardar, en vez de seguir a los fieles que acudían a los aparatosos oficios presididos por el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su mujer y su hijo a oír misa en San Juan del Hospital, iglesia pequeña, rara vez concurrida en el resto de la semana. El notario, que en su juventud había leído a Wálter Scott, experimentaba la dulce impresión del que vuelve a su país de origen al ver las paredes que rodean el templo, viejas y con almenas. La Edad Media era el período en que habría querido vivir. Y el buen don Esteban, pequeño, rechoncho y miope, sentía en su interior un alma de héroe nacido demasiado tarde al pisar las seculares losas del templo de los Hospitalarios. Las otras iglesias enormes y ricas le parecían monumentos de insípida vulgaridad, con sus fulguraciones de oro, sus escarolados de alabastro y sus columnas de jaspe. Esta la habían levantado los caballeros de San Juan, que, unidos a los del Temple, ayudaron al rey don Jaime en la conquista de Valencia.

  • av Thomas Hardy
    408

    El paseante que por nostalgia siga la carretera abandonada que une en línea casi recta, como un meridiano, la ciudad de Bristol con la costa sur de Inglaterra se encontrará durante la segunda mitad del viaje cerca de unos extensos bosques salpicados de manzanares. Allí los árboles, ya sean maderables o frutales, proyectan luces y sombras sobre los arbustos que flanquean la vía convirtiéndolos en jirones. Sus ramas bajas se extienden por encima del camino, en cómoda horizontalidad, como si pudieran tenderse sobre el aire frágil. En un punto cercano a las faldas de Blackmoor Vale, donde ya se avista a unos cuatro o cinco kilómetros la prominente cima de High-Stoy Hill, el camino queda cubierto por la gran cantidad de hojas que cae de los árboles con la llegada del otoño. Cuando los días se vuelven más oscuros en ese lugar solitario, regresan a la mente del ocioso los numerosos cocheros alegres (ahora ya difuntos) que pasaron por la carretera, los pies ampollados que la recorrieron y las lágrimas allí derramadas.

  • av Thomas Hardy
    408

    Cierto anochecer de fines de mayo, un hombre de edad mediana que venía de Shaston caminaba con rumbo a su casa situada en el pueblo de Marlott, en el vecino valle de Blackmore o Blackmoor. Tenía el hombre unas piernas bastante flacas y con propensión a torcerse, al echar el paso, un poco hacia la izquierda. De cuando en cuando inclinaba vivamente la cabeza, como si se afirmara en alguna opinión, aunque no iba pensando en nada. Colgaba de su brazo una cesta vacía, de las que se emplean para llevar huevos, y se cubría la cabeza con un sombrero con un punto muy desgastado en el borde, donde al quitárselo rozaba con el pulgar. A mitad de su trayecto hubo de encontrarse con un cura viejo que iba caballero en una yegua gris, tarareando una de esas tonadillas que sirven para aliviar el tedio del camino. ¿Buenas noches tenga usted ¿dijo el hombre de la cesta. ¿Buenas se las dé Dios, sir John ¿le respondió el cura. El viandante siguió su camino, pero luego que hubo andado unos pasos, se volvió y dijo: ¿Oiga usted, señor, y usted dispense, pero el último día de mercado nos encontramos también en este mismo sitio y a esta misma hora, y recuerdo que yo le dije a usted: «Buenas noches», y que usted me contestó: «Dios se las dé a usted muy buenas, sir John», lo mismito que ahora.

  • av Gustave Flaubert
    408

    Hacia las seis de la mañana del 15 de septiembre de 1840, próximo a zarpar, el Ville de Montereau despedía grandes torbellinos de humo delante del muelle de Saint-Bernard. La gente llegaba sin aliento; las barricas, los cables, los cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no contestaban a nadie; tropezaban unas con otras las personas; los bultos subían por entre los dos tambores, y el bullicio se absorbía en el ruido del vapor, que, escapándose por las tapaderas de hierro de las chimeneas, todo lo envolvía en una nube blanquecina, mientras la campana sonaba avante sin cesar. Por fin, el barco arrancó, y las dos orillas, pobladas de tiendas, de canteros y de fábricas, desfilaron como dos anchas cintas que se desenrollan. Un joven de dieciocho años, de pelo largo, que llevaba un álbum debajo del brazo, estaba inmóvil cerca del timón. A través de la bruma contemplaba campanarios y edificios, cuyo nombre ignoraba; después abrazó en una última ojeada la isla de Saint-Louis, la Cité, Notre-Dame, y muy pronto, al desaparecer París, lanzó un suspiro prolongado.

  • av Honore de Balzac
    408

    Hacia mediados del mes de julio del año de 1838, uno de esos coches recientemente puestos en circulación por las plazas de París, llamados milores, rodaba por la calle de la Universidad, conduciendo a un hombre grueso, de mediana estatura, vestido con el uniforme de la Guardia Nacional. Entre el número de esos parisienses acusados de ser tan espirituales encuéntranse los que se creen infinitamente mejor de uniforme que con su traje ordinario, y que suponen en las mujeres gustos lo bastante depravados como para imaginar que han de verse favorablemente impresionadas ante el aspecto de una gorra de pelo y por el arnés militar. El rostro de aquel capitán, perteneciente a la segunda legión, respiraba una propia satisfacción, que hacía resplandecer su tez encendida de color y su rostro medianamente mofletudo. Ante aquella aureola que la riqueza adquirida en el comercio pone en la frente de los tenderos ya retirados, adivinábase en el capitán a uno de los elegidos de París, por lo menos antiguo adjunto de su distrito. Creed también que no faltaba la cinta de la Legión de Honor sobre su pecho, arrogantemente combado a la prusiana. Instalado altivamente en el rincón del milor, aquel hombre condecorado dejaba errar sus miradas sobre los transeúntes que, a menudo, en París, recogen de este modo agradables sonrisas dirigidas a hermosos ojos ausentes.

  • av Fernan Caballero
    368,-

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