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Prologado por el extraordinario pianista murciano Miguel Ángel Rodríguez pujante, El Baúl de los genios, tras la huella del músico perdido es la respuesta a la incansable búsqueda que supone liberar del olvido la belleza que el tiempo le negó a la música.La obra plantea un itinerario musical que deambula con paso firme por un mundo repleto de talento en el que los compositores reclaman la oportunidad que la memoria les negó. Se asoma, una vez más, a la historia recorriendo de un modo muy significativo aquellos países donde la música mostró su cara más original. Esta segunda parte del proyecto completa la visión que el autor tiene de lo que es la historia de la música clásica al recordarnos que en ocasiones lo que se nos muestra no siempre resulta ser lo mejor.
Después de escribir la biografía, o hagiografía (según para quien), del compositor británico Mike Oldfield (Taurus), el escritor Antonio Pardo Larrosa vuelve a la literatura de verdad, a esa que se escribe con trabajo y un pelín de talento. Sotto Voce, más artículos, más reseñas y más chanzas es la segunda parte de aquella obra que hace unos cuantos años recopiló parte de su producción literaria. En esta ocasión, y con buen criterio, el autor de El baúl de los genios vuelve por sus fueros compilando otro gran número de textos que radiografían el mapa sonoro de una historia que aún está por contar. Entre las líneas de esta cosmopolita obra aparecen los nombres de un buen puñado de músicos que buscan de una forma incansable el camino de la verdad, sendero que solo los valientes se atreven a transitar. Una vez más, la música es la protagonista de estas páginas, melodías que en las hábiles manos de orfebres como Lee Holdridge, John Williams, Francisco Javier Carrasco Anguita, Jerry Goldsmith, Jorge Aliaga, Manel Gil Inglada o David Bazo, entre otros muchos, suenan a miel y canela. Además, el autor se atreve por primera vez con el relato garabateando dos historias que tienen a los músicos Jesús Valenzuela (genio en los agudos...) y Sergio Zurutuza (genio en los graves...) como grandes protagonistas. Algunos prólogos, entre los que se encuentra el titulado Al tercer día resucitará (prólogo inconcluso de su cristología), unas cuantas reseñas que dan buena cuenta de la música patria y una par de biografías inéditas completan las páginas de Sotto Voce, más artículos, más reseñas y más chanzas.Qué mejor que la música para hablar de la música...
Sotto Voce, artículos, reseñas y otras chanzas constituye un modesto compendio de pequeños ensayos relacionados con la música, la filosofía o la teología, textos que hilvanados con un gran sentido de la realidad cultural actual muestran la otra cara del arte. Sotto Voce responde a la necesidad de reflejar la escasa difusión que tienen las ideas que el poder de los medios ha silenciado, aquellas que definen al cine de autor; o a la literatura que no lleva la etiqueta de betseller; o a las llamadas otras músicas. Sotto Voce es esa tenue voz que algunos no dejan que escuchemos por razones comerciales, un susurro a media voz... En sus páginas se encuentran enredadas un buen puñado de historias que tienen como protagonistas a personajes tan ilustres como Kitaro, Salieri, Platón, Górecki, Jorge Grundman, Sergio Zurutuza o James Horner. Las realidades de estas voces silentes no están contadas a media voz, como a algunos les gustaría, sino todo lo contrario, lo están ensalzando las enormes virtudes de sus protagonistas y la enorme calidad de sus obras.
Decía un buen amigo -y con muy buen criterio, todo sea dicho- que escribir sobre música es una de las cosas más complicadas que existen. Si a esto, que no debería tener mayor trascendencia, le añadimos un par de palmos de papel en blanco, la situación se enreda todavía más. En las páginas de Melómano score esto adquiere un valor especial cuando quien lo dice es un artesano de las palabras, alguien que juega con la lengua cervantina como el tahúr juega con los sentidos del respetable. En aquella ocasión, y con alguna que otra Guinness de por medio, no acerté a comprender la dimensión de estas proféticas palabras; algunos años después y un montón de páginas publicadas, me doy cuenta de que aquel tramposillo de las palabras tenía más razón que un santo. Escribir sobre música es, sin ánimo de ser poeta -aunque todos lo somos de alguna forma-, como escribir sobre el amor, la cosa más difícil que existe... Los hechos, hechos son, y todo lo demás, por muy evidente que nos parezca, es abstracto, indeterminado y repleto de posibilidades. Por tanto, y a sabiendas de lo expuesto, concluyo pidiendo al lector que tome en consideración las coordenadas que señalan el punto de partida de todas estas reseñas, historias que tratan de mostrar que se puede escribir, con mayor o menor fortuna, acerca de lo que otros garabatearon sobre las cinco líneas de un pentagrama.
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