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Minner

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  • av Gabriel Miró
    228,-

    Desde el vestíbulo pasa la suave luz de una lámpara escarchada al aposento paredaño donde está el tullido cercado de amigos. Hablan de proyectos logreros, de meriendas en heredades, de un sermón, de paseos bajo el refugio de los olmos del camino. Son viejos, como el enfermo, y tienen fortaleza, estrépito en la risa y fuman. Cuando le ayudan a variar de actitud o le acomodan la manta caída o arrastran su butaca de ruedas, siente él más su impotencia y le llora angustiadamente su alma, pero los ojos no. ¡Oh, si le vieran llorar por fuera estos amigos viejos y alegres, que ni padecen el reuma senil!Les miente todas las noches, diciéndoles que sus piernas, su brazo y costado no están muertos para siempre. Nota que la vida acecha el penetrar borbotante por sus venas, regocijándole las entrañas y flexibilizando sus nervios y músculos.-Eso, desde luego. Ya verá, ya verá cuando pase el frío -contesta, estregándose las manos, un señor muy flaco, de perfil judío.

  • av Virginia Woolf
    289,-

    Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre sí misma, rompía, y se deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrándose, con un suspiro como el del durmiente cuyo aliento va y viene en la inconsciencia. Poco a poco, la oscura raya en el horizonte se aclaraba, como si las partículas suspendidas en una vieja botella de vino hubieran descendido al fondo, dejando verde el vidrio. También más allá se aclaraba el cielo, como si el blanco poso hubiera descendido, o como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara, y planas barras blancas, verdes y amarillas se proyectaban en el cielo, como las varillas de un abanico. Entonces, la mujer alzó más la lámpara, y el aire pareció devenir fibroso y apartarse de la verde superficie, chispeante y llameando, en rojas y amarillas hebras como el humeante fuego que ruge en una hoguera. -Poco a poco, las hebras de la hoguera se fundieron en un resplandor, en una incandescencia que alzó el peso del gris cielo lanudo, poniéndolo encima de él, y lo convirtió en millones de átomos de suave azul. La superficie del mar se hizo despacio transparente, y estuvo destellante y rizada hasta que las oscuras barras quedaron casi borradas. Lentamente, el brazo que sostenía la lámpara la alzó más, y después más, hasta que la ancha llama se hizo visible. Un arco de fuego ardía en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar lanzaba llamas doradas.

  • av Henry James
    228,-

    Ella era ciertamente una muchacha peculiar, y si al final él sintió que no la conocía ni la entendía, no es sorprendente que al comienzo pensara de igual forma. Al inicio, sin embargo, él experimentó lo que no percibió al final: que, una vez afianzada su relación gracias a las circunstancias, la peculiaridad de la joven se materializaba en un encanto al que era imposible oponerse o resistirse. Él tenía la extraña impresión (en ocasiones venía a ser una auténtica aflicción que, moralmente hablando, le sacudía los sentidos con la agudeza de una repentina punzada de neuralgia) de que sería mejor para ambos que interrumpieran su relación de inmediato y nunca se volvieran a ver. En años posteriores, él consideró este sentimiento como una premonición, y recordó dos o tres ocasiones en las que estuvo a punto de expresarlo a Georgina. Claro que nunca llegó a hacerlo; había múltiples buenas razones para ello. El amor feliz no está dispuesto a asumir deberes desagradables; y ni los serios presentimientos, ni la peculiaridad de su amada o la insufrible descortesía de sus padres impedían que el amor de Raymond Benyon fuera feliz. Georgina era una muchacha alta y rubia, de ojos bellos y fríos y una sonrisa cuya perfecta dulzura, proveniente de sus labios, rebosaba armonía. Tenía el cabello de color castaño rojizo, de un tono que podría calificarse como verdaderamente espléndido, y parecía moverse por la vida con una elegancia majestuosa, como habría caminado al son de un anticuado minueto. Los caballeros relacionados con la Marina tienen la ventaja de ver muchos tipos de mujeres; pueden comparar a las damas de Nueva York con las de Valparaíso, y a las de Halifax con las del Cabo de Buena Esperanza. Raymond Benyon había disfrutado de estas oportunidades y, siendo admirador de las mujeres, había aprendido su lección; se encontraba en una posición que le permitía apreciar las bellas cualidades de Georgina Gressie.

  • av Felipe Trigo
    228,-

    La noche tenía una diafanidad de maravilla. Víctor detuvo perezosamente su marcha de pereza ante la fronda del hotel. Había un coche a la puerta y dormía el cochero. Las dos. El problema eterno de su horrible libertad le abrumaba. Si quería, podía entrar. Si quería, podía seguir paseando de un modo filosófico las calles. Por lo pronto, quieto, aspirando el olor de las acacias en la fiesta de este Mayo serenísimo, deploró que la avenida se pareciese a tantas de París, de Roma, de Berlín.Las mismas filas de focos y faroles; las mismas cuádruples hileras de árboles; los mismos rieles y cables de tranvías... Él, en Berlín, en París, en Roma, a estas mismas horas, encontraríase también probablemente delante de un hotel con su misma horrible libertad de entrar o de seguir filosofando por las calles. ¿Dónde estaba, de la tierra toda, el pueblo nuevo de la grande vida?Abrió la cancela. El minúsculo jardín le sumió en la perfumada sombra de sus cersis. Las ramas subían hasta los balcones, hasta los tejados y terrazas. Un pequeño hotel, tan bizarramente bello como un bello panteón.

  • av José Zorrilla
    289,-

    En las frondosas campiñas que con sus ondas serenas fecunda el Guadalquivir antes que en el mar se pierda, sentada está una ciudad que majestuosa ostenta lo atrevido de sus torres, lo antiguo de sus almenas. El río su bella imagen en su corriente refleja pasando enorgullecido por pasar tan junto a ella. Y ella se mira en sus aguas contemplando allí altanera su antigüedad y poder y su proverbial belleza. Espesos muros la ciñen, y frondosísimas huertas, y apiñados olivares, y fertilísimas vegas. Radiante sol la ilumina, y la bordan sus laderas altos y copados árboles y olorosas flores bellas. Alegre gente la vive, que las calurosas siestas y las perfumadas noches pasa al son de la vihuela, ya en sus entoldados patios, entre fuentes y macetas, ya en sus floridos jardines gozando sus auras frescas. Ciudad de hermoso recuerdo, ciudad bella entre las bellas, de los moros es envidia, de los cristianos soberbia. Sevilla, en fin, y esto basta, que todo el nombre lo encierra;

  • av Leandro Fernandez de Moratin
    228,-

    Esta sátira, que publicó la Academia Española en el año 1782 y reimprimió después en la colección de obras premiadas, ha sido posteriormente corregida por el autor para darla de nuevo a la prensa.Divídese en ella la poesía en sus tres géneros principales: lírico, épico y dramático, prescindiendo de los demás en que éstos pueden subdividirse. Así logró el autor hacer más metódico y perceptible el plan de su obra, reduciéndole a lo que el poeta canta en la exaltación de su fantasía y de sus afectos; a lo que refiere, celebrando los héroes y los grandes sucesos que le dicta la historia; y a lo que enseña, poniendo en el teatro una imagen de la vida, copiando los vicios ridículos o terribles, para inspirar en el ánimo el amor a la verdad y a la virtud.En la lírica, después de hablar de los argumentos triviales y de ningún interés, censura los vicios de estilo, las metáforas violentas, la exageración, la redundancia, los conceptos falsos, los juegos de palabras, los equívocos y retruécanos. Culpa la perjudicial manía de componer de repente, y la de solicitar el aplauso del vulgo con bufonadas y chistes groseros que desacreditan a su autor y a quien los celebra. Desaprueba en los poetas antiguos el uso destemplado de voces y frases latinas, de que resulta un estilo afectado y pedantesco, aludiendo particularmente a las obras de Góngora, Villamediana y Silveira; y en los modernos la mezcla absurda de los arcaísmos con palabras, acepciones y locuciones francesas que, alterando la sintaxis de nuestro idioma, destruyen por consiguiente su pureza y su peculiar elegancia.

  • av Tirso de Molina
    228,-

    BRITO: ¡Hao, que espantáis el cabrío! ¡Verá por dó se metió! ¡Valga el diabro al que os parió! ¡Echad por acá, jodío! ¡Teneos el embigotado! ALFONSO: Enriscado me perdí, pastor, acércate aquí. BRITO: ¿Acercáosle? ¡Qué espetado! Pues yo os juro a non de San que si avisaros no bonda y escopitina la honda seis libras de mazapán (mejor diré mazapiedra) ¡Hao, que se mos descarría ell hato! ALFONSO: Escucha. BRITO: ¡Aún sería el diablo! ¡Verá la medra con que mos vino! ¡Arre allá, hombre del diabro! ¿Estás loco? Ve abajando poco a poco, no por ahí, hancia acá, ¡Voto a San, si te deslizas!BRITO:Que has de llegar a lo llano bueno para longanizas.Dale el cabo del bastón y tiénenle am- bosAgarraos a ese garrote. ¿Quién diabros por aquí os trujo?BajandoTeneos bien, que si os rempujo no doy por vueso cogote un pito. ALFONSO: ¿Qué sierra es ésta? Bajando BRITO hacia ALFONSO, asidos los dos al paloBRITO: La de Braga, hacia Galicia. ALFONSO: ¡Notables riscos! BRITO: Se envicia hasta el cielo. ALFONSO: ¡Extraña cuesta! BRITO: Llámase Espantaruínes. ALFONSO: No sé yo que haya en España más escabrosa montaña. BRITO: Mala es para con chapines. Dad acá la mano. ALFONSO: Toma.

  • av Marco Polo
    289,-

    Señores emperadores, reyes, duques y marqueses, condes, hijosdalgo y burgueses y gentes que deseáis saber las diferentes generaciones humanas y las diversidades de las regiones del mundo, tomad este libro y mandad que os lo lean, y encontraréis en él todas las grandes maravillas y curiosidades de la gran Armenia y de la Persia, de los tártaros y de la India y varias otras provincias; así os lo expondrá nuestro libro y os lo explicará clara y ordenadamente como lo cuenta Marco Polo, sabio noble ciudadano de Venecia, tal como lo vieron sus mortales ojos. Hay cosas, sin embargo, que no vio, mas las escuchó de otros hombres sinceros y veraces. Por lo cual referimos las cosas vistas por vistas y las oídas por oídas para que nuestro libro resulte verídico, sin tretas ni engaños. Y todo hombre que leyere y entendiere este libro debe creer en él, pues todas estas cosas son verdad, y os certifico que desde que Dios nuestro Señor plasmó con sus manos a Adán y Eva, nuestros primeros padres, hasta hoy día, no hubo cristiano ni pagano ni tártaro ni indio ni hombre alguno de ninguna generación que tanto supiere ni buscare como el dicho mi señor Marco averiguó y supo; por eso os digo que sería gran desventura no quedaran escritas todas las grandes maravillas que vio y oyó para que las gentes que no las vieron ni conocieron tengan de ellas razón en este libro. Y os repito que para enterarse de ello vivió en estas diferentes regiones y provincias más de veintiséis años.

  • av Honore de Balzac
    289,-

    Al día siguiente, Lucien hizo visar su pasaporte, se compró un bastón de acebo y tomó en la plaza de la rue d¿Enfer una silla volante que, por diez sueldos, le dejó en Longjumeau. En la primera etapa, hizo noche en el establo de una granja a dos leguas de Arpajon. Cuando hubo llegado a Orleáns, se sentía ya muy fatigado, pero por tres francos un barquero le llevó hasta Tours y durante el trayecto únicamente gastó dos francos en la comida. De Tours a Poitiers, Lucien anduvo durante cinco días. Cuando hubo dejado bastante atrás Poitiers, no tenía en el bolsillo más que cien sueldos, pero hizo acopio de fuerzas para continuar su camino. Un día que Lucien, sorprendido por la noche en una llanura, decidió vivaquear en ella, vio al fondo de un barranco una calesa que subía por una pendiente. Sin ser visto por el postillón, los viajeros y un criado instalado en el pescante, pudo acurrucarse en la trasera entre dos bultos y se durmió acomodándose lo mejor posible para poder resistir el traqueteo. Por la mañana, despertado por el sol que hería sus ojos y por un ruido de voces, reconoció Mansle, la pequeña ciudad en la que, dieciocho meses antes, había ido a esperar a madame de Bargeton con el corazón lleno de amor, esperanza y alegría. Viéndose cubierto de polvo y en medio de un corro de curiosos y de postillones, comprendió que debían de acusarle de algo; se puso en pie de un salto e iba a decir algo cuando dos viajeros que salieron de la calesa se lo impidieron: vio al nuevo prefecto del Charente, el conde Sixte du Châtelet, y a su esposa, Louise de Nègrepelisse.

  • av Honore de Balzac
    228,-

    En la época en que comienza esta historia, la prensa de Stanhope y los rodillos distribuidores de tinta no estaban aún en uso en las pequeñas imprentas de provincias. En Angulema, a pesar de la especialidad que la mantiene en contacto con las tipografías parisienses, se seguía utilizando prensas de madera, a las que la lengua debe la expresión «hacer gemir las prensas», hoy caída en desuso. La vieja imprenta utilizaba todavía las balas de cuero, entintadas, con las que uno de los prensistas impregnaba los tipos. La plataforma móvil en la que se coloca la «forma» llena de letras, sobre la cual se aplica la hoja de papel, era aún de piedra y justificaba su nombre de «mármol». Las voraces prensas mecánicas han hecho hoy olvidar hasta tal punto este mecanismo, al que debemos, pese a su imperfección, los bellos libros de los Elzevir, Plantin, Aldo y Didot, que se hace necesario mencionar el viejo utillaje por el que Jérôme-Nicolas Séchard sentía un afecto supersticioso, porque desempeña su papel en esta pequeña gran historia.

  • av Arthur Conan Doyle
    289,-

    Hacéis bien, amigos míos, en tratarme con respeto, pues al honrarme a mí os honráis vosotros mismos y a la Francia entera. No es quien os habla un viejo militar de bigotes grises, que come su tortilla y bebe su vaso de vino; es una página de la historia, de la historia más gloriosa de nuestro país, que no ha sido igualada por ningún otro. Soy uno de los últimos de aquellos hombres admirables que antes de dejar de ser muchachos fueron militares veteranos; de aquellos que aprendieron antes a hacer uso de la espada que de la navaja de afeitar, y que durante más de cien batallas no permitieron ni una sola vez que el enemigo viese el color de sus mochilas. Más de veinte años pasamos enseñando a Europa a pelear, y aun cuando aprendió la lección, fue siempre el termómetro y jamás la bayoneta el que producía algún efecto en el más grande de los grandes ejércitos. En Berlín, en Nápoles, en Viena, en Lisboa, en Moscú, en todas partes hemos acuartelado nuestros caballos. Sí, amigos míos, lo repito: hacéis bien en mandar a vuestros hijos a saludarme, pues mis oídos han escuchado las dianas francesas y mis ojos han visto el orgulloso estandarte francés en sitios donde jamás ha llegado a escucharse ni a verse. Siempre recuerdo con placer aquellos gloriosos tiempos, y después de comer, al echar la siesta en mi butaca, veo desfilar por delante de mí las inmensas filas de guerreros: los cazadores con sus chaquetas verdes, los elegantes coraceros, los lanceros de Poniatowsky, los dragones con sus capotes blancos y los galantes granaderos.

  • av Lope de Vega
    289,-

    GUILLERMO: ¿Que en esa acera pusiste tu aparato y tienda, Pierres? Guarda que el lance no yerres que en la de enfrente tuviste. No te fue mal otros años con el puesto que te di. PIERRES: Antes, por ganar, perdí; hay un provecho y mil daños. GUILLERMO: Pues la luz, ¿no es de importancia? PIERRES: Sí, pero tiene aquel lado descubierto y me han robado la mitad de la ganancia.GUILLERMO: ¡Qué bien nos dio de comer el amigo! PIERRES: ¡Largo cuenta! A fe que tiene pimienta, pero no para beber. Conocíle yo en Amberes, pobre y de bellaco talle, que vendía por la calle hilo, antojos y alfileres, y agora está rico a costa de nuestras pobres haciendas. GUILLERMO: ¿Descubriremos las tiendas? PIERRES: Ganar quieres por la posta. GUILLERMO: Mal me fue por la mañana.PIERRES: Descubre, que dio la una. GUILLERMO: Espero mejor fortuna si esta tarde no se gana.

  • av Virgilio
    228,-

    Voy ¡oh Mecenas! a cantar las mieses, y a decir en qué meses el cielo desgarrar nos aconseja la tierra con la reja, y uncir la vid al olmo, y qué cuidado nos merezca el rebaño y el ganado como también la diligente abeja. Vosotras ¡oh del mundo clarísimas lumbreras, que en el cielo marcáis del año el fugitivo vuelo! Baco y Ceres benéfica, por quienes, por cuyo don fecundo la tierra aún salvaje abandonando su silvestre traje, pudo de espigas coronar sus sienes, y al vaso de agua pura, cristalino, incorporar el inventado vino. Y vosotros ¡oh númenes campestres! Faunos ligeros, Dríadas silvestres, dejad vuestros selváticos rincones que canto vuestros dones. Y tú, por quien la tierra herida al golpe de tu gran tridente brotó un caballo, imagen de la guerra, Neptuno prepotente: tú, Palas, inventora del olivo, tú, dado de los bosques al cultivo, de Zea Dios, por quien trescientos bueyes como la nieve blancos la yerba pastan en copiosas greyes, del Ménalo dichoso la morada, del agreste Liceo los barrancos, Pan, de ovejas custodio, si te es dable deja también y acude a mi llamada con rostro favorable. Niño que al hombre rudo revelaste el arado puntiagudo; decrépito Silvano que un ciprés tierno llevas en la mano;

  • av Joaquin Dicenta
    228,-

    Tres salones del palacio ducal apenas bastaban al acomodo de la «canastilla» y de los regalos con que obsequiaron a la novia sus parientes y amigos. Entre los regalos sobresalía un aderezo de esmeraldas, ofrenda del duque de Neblijar, futuro esposo de Leonor Pérez de Carmona.Engarzaban las piedras en la más pura filigrana que pulieron árabes y judíos.Uníanse unos engarces a otros por cadenillas microscópicas, y era cada engarce un prodigio de calados y geométricas figuras. Las esmeraldas, limpias, carnosas, relucían como ojos de mujer. Rodeando la almohadilla del estuchón, aforrado en gamuza, relampagueaba un collar. Sus piedras, a partir de una esplendorosa, que descolgaba solitaria, disminuían, parejamente, hasta rematar en dos triangulares que formaban el broche.Sobre el cojín, rodeado por el collar, triunfaba una diadema, en cuya fábrica el metal se iba sutilizando para volverse espuma; entre ella flotaba una esmeralda de ígneas transparencias, iguales a las de las olas al romper. En los ángulos del estuche se retorcían cuatro serpientes de oro; dos piedras llameaban en cada cual de las achatadas cabezas, remedando los ojos del reptil.

  • av Emilia Pardo Bazan
    228,-

    Cierto día de fiesta del mes de junio, a los postres de una comida de aldea, de las que se prolongan y degeneran en sobremesas interminables, tuve ocasión de hacer una de esas observaciones, detrás de las cuales suele vislumbrarse oculta una novela íntima o latir el asunto de un drama. Hallábase sentado frente a mí el párroco de Gondar, y como le daba de lleno en el rostro la luz de la ventana, luz que se abría paso entre las ramas de los rosales, ya sin flor, pude notar que se inmutaba y se le cubrían de amarillez las siempre coloradas mejillas al servirle el criado un frutero de cristal donde se apiñaban, negreando de tan maduras, las últimas cerezas. Lo demudado de la cara, el movimiento nervioso de la mano crispada al rechazar el frutero, eran inequívocos, y no podían proceder únicamente de repugnancia de su paladar a la sabrosa fruta; delataban algo más: una especie de horror, que sólo originan muy hondas causas morales. Apunté la observación y resolví salir cuanto antes de la curiosidad. Una hora después charlaba confidencialmente con el párroco, recorriendo la larga calle de castaños que rodea como un cinturón de sueltos cabos flotantes el soto.

  • av Julia De Asensi
    228,-

    La variedad de aspectos que ofrece a nuestra contemplación la naturaleza en esos períodos del año solar, que denominamos estaciones, excitan poderosamente nuestra atención y nuestra fantasía, y nos hacen sentir las más diversas y opuestas impresiones y sensaciones. Nada más oportuno, pues, que tomar pretexto de esas impresiones y sensaciones que tan vivamente nos afectan, para recrear a los niños sabiamente con pintorescos relatos que tanto agradan a su soñadora fantasía infantil, y a la vez inculcarles sanas y provechosas enseñanzas.La primavera... con su temperatura deliciosa, con sus flores y gorjeos, con sus auras perfumadas, con sus irisados matices y sonriente luz, despierta en nuestra mente poéticas ideas, y se presta como ninguna otra a fantasear sobre cuanto se ofrece a nuestro alrededor....Y esta es la estación que ha elegido la ilustre escritora D.ª Julia de Asensi para abrir o empezar su meritoria tarea de instruir y deleitar a la candorosa niñez con la presente colección de variados y escogidos cuentos, que titula Las Estaciones. Bajo la fábula de que un anciano, rico y culto, visita periódicamente una posesión donde crecen y se instruyen dos niños a quienes ama apasionadamente, la señora de Asensi halla ocasión de hilvanar entretenidas y morales narraciones, que describen la naturaleza física en mencionados períodos del año, (primavera, estío, otoño e invierno); y con la exquisita delicadeza peculiar al sexo bello, sabe acoplar detalles y zurcir consejos educativos que hacen más útil e interesante la lectura de los aludidos presentes Cuentos.

  • av Fernan Caballero
    228,-

    A la caída de una tarde de invierno, apenas hubieron concluido de tocar la oración las campanas de la hermosa iglesia de la ciudad de Carmona, cuando trocando la gravedad de los sonidos que llaman a la oración, en gozoso repique, anunciaron el bautismo de un recién nacido.Poco después salió del templo una numerosa comparsa de bien acomodados menestrales, echando el que iba al lado de la madrina, que llevaba la criatura, monedas de cobre con gran profusión a una turba de chiquillos que a grandes gritos pedían el pelón.Al cabo de media hora salió igualmente de la iglesia una mujer que llevaba también una criatura en brazos, sin más acompañamiento que un anciano al parecer, que vestía un uniforme raído, un sacerdote, y un niño.-Entre tanto, el cura de la parroquia inscribía en sus libros: «Hoy 4 de Febrero de 184... bauticé a María de Gracia, hija de Josefa Martínez, y de Mateo López, maestro carpintero de esta ciudad.»-Y en seguida con igual fecha:«Bauticé en el mismo día a María de Gracia, hija de doña Teresa Espinosa de los Monteros, y de D. Ramón Vargas de Toledo, Caballero de Alcántara, coronel que ha sido de infantería.»La comparsa que fue acompañada por la bulliciosa turba hasta su casa, al entrar en ella se dirigió a la alcoba de la parida, a la que puso la madrina la criatura en los brazos diciéndole:-Aquí tienes a tu hija cristiana, Dios te dé a ti salud para criarla, y a ella el salero y gracia de su madre, para que le venga bien el nombre de Gracia que se le ha puesto.

  • av Lope de Vega
    228,-

    Por las cumbres de los montes, derramando blanco aljófar, viene el alba dando nuevas que sale el sol de las ondas. Ya se descubren los campos: montes son los que antes sombras; donde ellas no aparecían ya se ven cavernas hondas. Ya cantan los pajarillos saliendo de entre las hojas; las aguas que susurraban, al parecer ya son sordas. Cuál y cuál estrella queda, vanse escondiendo las otras, y sin luz, aunque están cerca los rayos de quien la toman. A los montes del Poniente las puntas más altas dora quien por los montes frondosos poco a poco alegre asoma. Ya de los húmidos troncos se distinguen las personas; que pastores, mal despiertos, saliendo van de las chozas. Vanse a las hierbas las vacas ya sus cuevas las leonas; agora descansan éstas, aquéllas pasan agora. Dejan los húmidos peces sus cavernas peñascosas; cortan el agua, buscando sustento, abiertas las bocas. Dejan los hombres sus lechos;

  • av Lope de Vega
    289,-

    FINEA: ¿Así rasgas el papel?BELISA: Cánsame el conde, Finea.FINEA: ¡Qué ingratitud! BELISA: Que lo sea me manda Amor. FINEA: Fuego en él, que pienso que no es tan vario en sus mudanzas el viento. BELISA: Navega mi pensamiento por otro rumbo contrario. Castigó mi voluntad el cielo.FINEA: No sé si diga que justamente castiga, señora, tu libertad. Tanto despreciar amantes, tanto desechar maridos, tanto hacer de los oídos arracadas de diamantes, claro está, que habían de dar [esa] ocasión al Amor para vengar tu rigor. BELISA: Bien se ha sabido vengar. FINEA: ¡Oh qué bien los has vengado con querer agora bien a quien, ni aun sabes a quién, ni él tampoco tu cuidado! Tus desdenes con razón agora diciendo están; "Qué se hizo del rey don Juan? Los infantes de Aragón, ¿qué se hicieron?

  • av Edgar Allan Poe
    289,-

    Cuando regresé hace algunos meses de los Estados Unidos, después de la extraordinaria serie de aventuras en los mares del Sur y otras partes, cuyo relato doy en las páginas siguientes, la casualidad me hizo conocer a varios caballeros de Richmond (Virginia), quienes, tomando un profundo interés en todo cuanto se relaciona con los parajes que había visitado, me apremiaban incesantemente a cumplir con lo que ya constituía en mí un deber ¿decían¿ de dar mi relato al público. Sin embargo, yo tenía varias razones para rehusarme: unas de naturaleza enteramente personal; las otras, es cierto, algo diferentes. Una de las consideraciones que particularmente me retraía era el hecho de que, no habiendo escrito un diario durante la mayor parte de mi ausencia, temía no poder redactar de memoria una relación lo bastante minuciosa, con suficiente ilación para obtener toda la fisonomía de la verdad ¿relato que sería, no obstante, la expresión real¿, no conllevando más que aquella natural, inevitable exageración, hacia la cual estamos todos inclinados cuando describimos acontecimientos cuya influencia ha ejercido su poder activo sobre las facultades de la imaginación. Otra de las razones era que los incidentes dignos de ser mencionados resultaban de una naturaleza tan maravillosa que no podía esperar que se me diera crédito, ya que mis afirmaciones no tenían más base que ellas mismas (salvo el testimonio de un solo individuo, y éste mitad indio), aparte mi familia y mis amigos, quienes en el curso de mi vida tuvieron ocasión de alabar mi veracidad; pero, según todas las probabilidades, el gran público tomaría mis asertos como impudentes e ingeniosas mentiras. Debo también manifestar que mi desconfianza en mi talento como escritor era una de las causas principales que me impedían ceder a las sugestiones de mis consejeros.

  • av Daniel Defoe
    228 - 289,-

  • av Mark Twain
    289,-

    ¡Tom! Silencio. -¡Tom! Silencio. -¡Dónde andará metido ese chico!... ¡Tom! La anciana se bajó los anteojos y miró, por encima, alrededor del cuarto; después se los subió a la frente y miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca importancia como un chiquillo: eran aquéllos los lentes de ceremonia, su mayor orgullo, construidos por ornato antes que para servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de mantas. Se quedó un instante perpleja y dijo, no con cólera, pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles: -Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te voy a... No terminó la frase, porque antes se agachó dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió desenterrar fue el gato. -¡No se ha visto cosa igual que ese muchacho! Fue hasta la puerta y se detuvo allí, recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las hierbas silvestres que constituían el jardín. Ni sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a un ángulo de puntería calculado para larga distancia y gritó: -¡Tú! ¡Toooom!

  • av Clemens Enk
    353,-

    Mit einem Rucksack und einem One-Way-Ticket stürze ich mich in ein wagemutiges Abenteuer. Mein Plan: solange zu reisen, bis mir das Geld ausgeht. Ersparnisse in der Höhe eines Kleinwagens!In acht Monaten lege ich per Flugzeug 45.000 Kilometer zurück - bei einem Erdumfang von rund 40.000 Kilometer entspricht das einer Weltumrundung. Bei meiner Reise erzähle ich über meine Abenteuer in Indien, Thailand, Neuseeland und zehn weiteren Ländern! Die Wanderlust, unberührte Natur und entlegene Orte kennenzulernen, entzündet mein inneres Feuer. Dein Leben wird sich verändern, wenn Du dich einmal mit dem Reisefieber angesteckt hast. Wenn das der Fall ist, hätte ich meine Absicht mit diesem Buch erreicht; dich für all die schönen Plätze zu inspirieren, die unser Planet zu bieten hat.

  • av J. M. Barrie
    289,-

    Estoy mucho mejor sin el tabaco y hasta tengo dificultades para simpatizar con aquel que fui. Incluso evocarlo, tal y como era, y observarlo sin prejuicios resulta tarea difícil, puesto que tendemos a olvidar las viejas facetas a las que hemos dado la espalda del mismo modo que olvidamos una calle que ha sido reconstruida. ¿Tiembla el esclavo liberado siempre que escucha el restallar de un látigo? Me parece que no, ya que sólo recuerdo vagamente, y sin un agudo sufrimiento, los horrores de mis días de fumador. Había noches en las que me levantaba con un dolor en el corazón que me hacía contener la respiración. No osaba hacer más. Tras, quizás, unos diez minutos de estupor, podía enderezar mi posición una pulgada en cada movimiento. Con menos frecuencia, sentía ese pinchazo durante el día, y creía que iba a morir mientras mis amigos me hablaban. Jamás compartí dichas experiencias con nadie; a decir verdad, aunque entre mis amistades se contaba la de un hombre perteneciente a la comunidad médica, le mentía sibilinamente en las escasas ocasiones en que me interrogaba sobre la cantidad de tabaco que consumía a la semana. A menudo, durante la noche, no sólo me prometía con toda solemnidad dejar de fumar sino que hasta me preguntaba por qué me gustaba. A la mañana siguiente iba directo del desayuno a mi pipa, sin el menor remordimiento. Más tarde me di cuenta, mientras me decidía a acabar con el hábito, que mejor hubiera empleado aquel tiempo en intentar dormir. Disponía de elaborados métodos para engañarme a mí mismo, puesto que descubrir la cantidad de onzas de tabaco que fumaba a la semana se convirtió en algo un tanto tortuoso. Con frecuencia fumaba cigarrillos para reducir el número de puros.

  • av Ruben Dario
    289,-

    Tengo más años, desde hace cuatro, que los que exige Benvenuto para la empresa. Así doy comienzo a estos apuntamientos que más tarde han de desenvolverse mayor y más detalladamente.En la catedral de León, de Nicaragua, en la América Central, se encuentra la fe de bautismo de Félix Rubén, hijo legítimo de Manuel García y Rosa Sarmiento. En realidad, mi nombre debía ser Félix Rubén García Sarmiento. ¿Cómo llegó a usarse en mi familia el apellido Darío? Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña población conocíale todo el mundo por Don Darío; a sus hijos e hijas por los Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello convertido en patronímico llegó a adquirir valor legal, pues mi padre, que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío; y en la catedral a que me he referido, en los cuadros donados por mi tía Doña Rita Darío de Alvarado, se ve escrito su nombre de tal manera.El matrimonio de Manuel García -diré mejor de Manuel Darío- y Rosa Sarmiento, fue un matrimonio de conveniencia, hecho por la familia. Así no es de extrañar que a los ocho meses más o menos de esa unión forzada y sin efecto, viniese la separación. Un mes después nacía yo en un pueblecito, o más bien aldea, de la provincia, o como allá se dice, departamento, de la Nueva Segovia, llamado antaño Chocoyos y hoy Metapa.

  • av Emilio Salgari
    289,-

    Cualquier otro hombre que no hubiera sido malayo sin duda se habría roto las piernas en aquel salto, pero no ocurrió así con Sandokán, que, además de ser duro como el acero, poseía una agilidad de cuadrumano. Apenas había tocado tierra, hundiéndose en medio de un parterre, cuando ya se había puesto en pie con el kriss en la mano, dispuesto a defenderse. Afortunadamente el portugués estaba allí. Saltó a su lado y, agarrándolo por los hombros, lo empujó bruscamente hacia un grupo de árboles diciéndole: ¿ ¡Pero huye, desgraciado! ¿Es que quieres dejarte fusilar? ¿ ¡Déjame, Yáñez! ¿dijo el pirata, poseído de una viva exaltación¿. ¡Asaltemos la quinta! Tres o cuatro soldados aparecieron en una ventana, apuntándoles con los fusiles. ¿ ¡Sálvate, Sandokán! ¿se oyó gritar a Marianna. El pirata dio un salto de diez pasos, saludado por una descarga de fusiles, y una bala le atravesó el turbante. Se volvió, rugiendo como una fiera, y descargó su carabina contra la ventana, rompiendo los cristales e hiriendo en la frente a un soldado. ¿ ¡Ven! ¿gritó Yáñez, arrastrándolo fuera de la casä. Ven, testarudo imprudente. La puerta de la casa se abrió, y diez soldados, seguidos de otros tantos indígenas empuñando antorchas, se lanzaron a campo abierto. El portugués hizo fuego a través del follaje. El sargento que mandaba la pequeña cuadrilla cayó.

  • av Benito Perez Galdos
    289,-

    El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante ¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta apretón de manos.Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de agilidad, el rechazo de su bastón.Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque siempre de índole rigurosamente honesta.Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar, si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos y por los lenguaraces.

  • av Giovanni Verga
    228,-

    Turiddu Macca, el hijo de la "señá" Anuncia, al volver de servir al rey, pavoneábase todos los domingos en la plaza, con su uniforme de tirador y su gorro rojo, que parecía "talmente" el hombre de la buenaventura cuando saca la jaula de los canarios. A las mozas íbanseles tras él los ojos, según entraban en misa, recatadas bajo la mantilla, y los chiquillos revoloteaban como moscas a su alrededor. Había traído hasta una pipa con el rey a caballo, que parecía de verdad, y encendía los fósforos en la trasera de los pantalones, levantando la pierna como si diese un puntapié. Mas, con todo, Lola la del señor Angel no se dejaba ver ni en misa ni en el balcón: que se había tomado los dichos con uno de Licodia que era carretero, y tenía en la cuadra cuatro machos del Sortino. Cuando Turiddu lo supo, en el primer pronto, ¡santo diablo!, quería sacarle las tripas al de Licodia; pero no lo hizo, y se desahogó yendo a cantar bajo la ventana de la bella cuantas canciones de desdenes sabía.¿ ¿Es que no tiene nada que hacer Turiddu, el de la "seña" Anuncia ¿ decían los vecinos ¿, que se pasa las noches cantando como un gorrión solitario?Al cabo, topó con Lola, que volvía del viaje a la Virgen de los Peligros, y que al verle ni palideció ni se puso colorada, cual si nada hubiera pasado.¿ ¡Ojos que te ven!¿ le dijo.¿ Hola, compadre Turiddu; ya me habían dicho que habías vuelto a primeros de mes.¿ ¡A mí me han dicho otras cosas! ¿ respondió ¿. ¿Es verdad que te casas con el compadre Alfio el carretero?¿ ¡Si es la voluntad de Dios...! ¿ contestó Lola, juntando sobre la barbilla las dos puntas del pañuelo.¿ ¡La voluntad de Dios la haces con el tira y afloja que te conviene! ¡Y la voluntad de Dios ha sido que yo tenía que venir de tan lejos para encontrarme con tan buenas noticias, Lola!El pobrecillo intentaba aún dárselas de valiente; pero la voz casi le faltaba e iba tras de la moza contoneándose, bailándole de hombro a hombro la borla del gorro. A ella, en conciencia, le dolía verle con una cara tan larga; pero no tenía ánimos para lisonjearle con buenas palabras.

  • av Tirso de Molina
    228,-

    AMÓN: Quitadme aquestas espuelas y descalzadme estas botas. ELIAZER: Ya de ver murallas rotas, por cuyas escalas vuelas, debes de venir cansado. AMÓN: Es mí padre pertinaz; ni viejo admite la paz, ni mozo quita del lado el acero que desciño. JONADAB: De eso, señor, no te espantes quien descabezó gigantes y comenzó a vencer niño, si es otra naturaleza la poderosa costumbre, viejo, tendrá pesadumbre con la paz. ELIAZER: A la grandeza del reino que le corona por sus hazañas subió. AMÓN: No soy tan soldado yo cual de él la fama pregona. De los amonitas cerque David su idólatra corte; máquinas la industria corte con que a sus muros se acerque; que si en eso se halla bien porque sus reinos mejora, más quiero, Eliazer, una hora de nuestra Jerusalén, que cuantas victorias dan a su nombre eterna fama.

  • av Emilia Pardo Bazan
    228,-

    A los pocos días supo Amparo en la Granera, convento laico donde nada se ignora, que Chinto andaba pretendiendo ingresar en el taller de la picadura. Empezó a correr y comentarse en la Fábrica la leyenda del mozo transido de amor que por estar cerca de su adorado tormento se metía en los infiernos del picado, en el lugar doliente a cuya puerta hay que dejar toda esperanza. De qué manera se las compuso Chinto para lograr su deseo, no hace al caso: lo cierto es que obtuvo la plaza, y que Amparo se lo encontró frecuentemente a la entrada y a la salida, triste como can apaleado por su amo, y sin que le dijese nunca más palabras que «Adiós, mujer... vayas muy dichosa». No cabía que Amparo, generosa de suyo, dejase de ser la primera en trabar otra vez conversación con él: hablaron de cosas indiferentes, de sus respectivas labores, y Amparo prometió visitar el taller de Chinto: que con venir diariamente a la Granera, no lo conocía aún. La Comadreja la acompañó en la visita. Descendieron juntas al piso inferior, con propósito de aprovechar la ocasión y verlo todo. Si los pitillos eran el Paraíso y los cigarros comunes el Purgatorio, la analogía continuaba en los talleres bajos, que merecían el nombre de Infierno. Es verdad que abajo estaban las largas salas del oreo, y sus simétricos y pulcros estantes; el despacho del jefe, y el cuadro de las armas de España trabajadas con cigarros, orgullo de la Fábrica; los almacenes; las oficinas; pero también el lóbrego taller del desvenado y el espantoso taller de la picadura.

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